Gabriel Albiac - CAMBIO DE GUARDIA

Socialdemocracia

Gabriel Albiac
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«Con las mismas letras –dice Aristóteles– se escribe una comedia o una tragedia». Idénticas palabras significan contenidos antagónicos. Según disposición y contexto. El sentido es siempre dado por las transitorias estrategias discursivas que hacen del diccionario campo de batalla.

Atesorar votos del PCE sin asustar a nadie: esa es la clave de la sentimental teología política a la que el populista llama «socialdemocracia»

No hay profesor que no establezca esta cautela: al leer a un clásico, es obligatorio tener al lado un diccionario de sus mismas fechas. No hacerlo distorsionará por completo la lectura. Una palabra no significa lo mismo en todo tiempo. «Libertino», por ejemplo, es acuñado por Calvino en el siglo XVI para designar a un grupo de intérpretes rigoristas de san Pablo; a inicios del XVII, designará a quienes postulan la separación de Iglesia y Estado; y sólo desde final del siglo XVIII toma un sentido similar al que hoy es nuestro. Sobre el neologismo «revolucionario», sin presencia en los diccionarios hasta 1793, sucede lo mismo. Sucede siempre con cualquier término sobre el cual se haya superpuesto un uso técnico.

«Marx era un socialdemócrata» –Iglesias dixit– pertenece a ese tipo de expresiones. Tras cuya palmaria evidencia se camufla apenas la búsqueda de un trastrueque conceptual bastante tosco. No se requiere, sin embargo, gran erudición profesoral para fijar la genealogía de ese birlibirloque en el cual se complace el caudillo populista en estas vísperas electorales.

Antes que «socialdemocracia», hubo «democracia socialista» (en francés ambas). La expresión designaba al ala izquierda de la revolución de 1848. Cristalizará en un partido démocrate-socialiste o social-démocrate, a partir de febrero de 1849. Marx le atribuirá este ambiguo contenido: «El carácter propio de la socialdemocracia se resumía en que reclamaba instituciones democráticas como medio, no de suprimir ambos extremos, salario y capital, sino de atenuar su antagonismo y transformarlo en armonía». De ahí, pasará «socialdemocracia» a Alemania, de la mano de los discípulos de Lassalle, recelosos de la agresividad léxica del «comunismo» que Marx postula. Será este último quien, sin embargo, gane la partida entre 1875 y 1880. Y, hasta la crisis abierta por Bernstein en 1895, el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán adoptará básicamente las hipótesis revolucionarias a las cuales Marx llamara comunistas.

«Socialdemócrata» es –en ese campo léxico de la segunda mitad del XIX– sinónimo de «movimiento obrero». Sin excepciones. Incluido el partido de Lenin, que hasta abril de 1917, seis meses antes de la revolución, sigue denominándose «socialdemócrata». Sólo a partir de esa fecha, la lucha de las dos «internacionales» obreras generará una guerra sin cuartel entre sus respectivas etiquetas: «socialdemocracia» contra «comunismo».

Decir, así, que Marx (o Lenin) fueron socialdemócratas sólo puede significar dos cosas: o bien no decir nada (toda la izquierda lo es hasta 1917), o bien atribuir a Marx haber hablado, pensado y tomado posiciones en los términos de un debate léxico treinta años posterior a su muerte.

¿Por qué ese infantil anacronismo? Pro domo sua, por supuesto. El caudillo populista no habla de un clásico del XIX. Habla de sí mismo. De la necesidad de encubrir el peronismo (esto es, fascismo) de Laclau bajo el prestigio del mayor clásico de la izquierda. Atesorar votos del PCE sin asustar a nadie: esa es la clave de la sentimental teología política a la que el populista llama «socialdemocracia».

Aristóteles: con las mismas letras se escribe una tragedia o una comedia. O una farsa.

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