Edurne UriarteSeguir

Si cantáramos la Marsellesa Edurne Uriarte

Los franceses reaccionarían espontáneamente y al unísono si cualquier partido extremista amenazara la unidad de Francia

El sábado pasado Francia dio una nueva lección del significado del patriotismo, cuando toda la plaza de toros de Arles en pleno se puso a cantar La Marsellesa mientras agitaba pañuelos blancos tras el intento de agresión de un antitaurino a El Juli. Y no era sólo ese tímido patriotismo constitucional del que se habla en España, era el patriotismo a secas, con la firmeza de la ley en primer término, pero, además, con la fuerza de la emoción y de los valores culturales de un país, de Francia. Era el patriotismo de una democracia republicana, centralista y semipresidencialista, tan diferente a nuestro sistema político en su organización institucional, y, sobre todo, tan diferente en la presencia de su patriotismo.

Los franceses que asistieron en Arles al intento de agresión del animalista a El Juli reaccionaron espontáneamente en defensa de la libertad de la tauromaquia y lo harían igualmente y al unísono si cualquier partido extremista amenazara la unidad de Francia. No hay descentralización en la admirada democracia francesa, pero si la hubiera y un partido nacionalista de su región catalana o vasca, o de Bretaña, o de Córcega, rompiera la ley y utilizara las instituciones federales que allí no tienen para organizar un referéndum independentista, habría un levantamiento espontáneo, masivo e imparable de los franceses en defensa de la libertad, de la ley, de sus valores y de su patria. Y Francia entera sería una prolongación de la plaza de toros de Arles.

Y eso que tiene nuestra vecina Francia es justamente de lo que carecemos en España. Y es nuestro principal problema a la hora de responder al golpe de Estado de los secesionistas en Cataluña. Quienes piden más contundencia aún a Mariano Rajoy olvidan que el presidente tiene la fuerza de la ley pero la ausencia de un sólido patriotismo ciudadano y social que le respalde sin el menor titubeo desde todos los rincones de España. Y muy especialmente desde la propia Cataluña donde más de la mitad de la población está en contra de las ilegalidades independentistas según las encuestas, pero, sin embargo, apenas hay reacción ciudadana. Tampoco en el resto de España donde, sorprendentemente, aún no ha habido una gran manifestación a pesar de la extremada gravedad del ataque contra le ley y el sistema democrático.

Nuestro débil y acomplejado patriotismo tiene que ser para muchos el "patriotismo constitucional", aquel que, dicen los anteriores, se basa en la ley pero elimina los sentimientos y todo tipo de identidad cultural. Con el resultado de que ni une ni moviliza ni fortalece, con tantos y tantos temerosos de parecer poco modernos y sofisticados y con una mayoría silenciosa indignada por el ataque independentista contra la democracia pero incapaz de movilizarse en un país que ha hecho del patriotismo un valor sospechoso.

El Estado se impondrá a los golpistas, porque tiene toda la fuerza de la ley de una democracia consolidada y esta crisis acabará con una crisis aún mayor del nacionalismo catalán. Pero la credibilidad internacional de España habrá sufrido un deterioro y el problema catalán persistirá a medio y largo plazo. Y no será posible resolverlo sólo con la ley; ni mucho menos, claro está, con nuevos poderes para los nacionalistas catalanes propuestos por la izquierda. La única respuesta sólida es un patriotismo fuerte que respalde y ampare la aplicación de la Constitución y que acabe con esa mayoría silenciosa que, sobre todo en Cataluña, pero también en el resto de España, está indignada y, sin embargo, no habla. No se atreve a hablar.

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