Antonio BurgosSeguir

Sedición anunciada Antonio Burgos

Hay una España que no creerá en nada hasta que vea que a Puigdemont lo meten detenido en un coche como a Rodrigo Rato

Hoy, que es la Diada de Cataluña, será el segundo ensayo general de golpe de Estado con vestuario de banderas de la estrella solitaria (que no son precisamente las de Texas, más bien las de Cuba). Ya hubo otro ensayo general, el primero, con la llamada manifestación antiterrorista que se convirtió en un colectivo ultraje independentista contra el Rey, la Constitución, la Unidad de España y los símbolos patrios. Esto del mal llamado «problema catalán» va por fascículos, y es completamente previsible. Aunque sea un topicazo tirar del título de García Márquez, me atrevo a decir que desde hace muchos años, desde el Clan Pujol en el poder a esta parte, es la crónica de una sedición anunciada... sin que le hayamos puesto coto como se lo puso, y en un santiamén, la II República cuando fue proclamado el «Estat Catalá». No, no es que yo quiera que la Legión entre por la Diagonal con el cordero por delante. Me conformo, como muchos españoles, con que hace muchos años se hubieran aplicado las leyes que la Generalidad y su Gobierno se saltan a la torera paradójicamente, porque ellos mismos han prohibido las corridas.

Esta sedición anunciada que celebrará su segundo ensayo general de golpe de Estado hasta tiene sus símbolos. El último, la señora Martínez. En esas sesiones pesadas, pesadas, pesadas del Parlamento Catalán para aprobar el «adiós, mi España querida» sin necesidad de dar el cante por Juanito Valderrama, ha habido un símbolo indudable: la señora Martínez, a la que por sus canas presento mis respetos. La señora Martínez (apellido catalanísimo, por cierto) es como esas jubiladas que se pasan las mañanas sentadas en un banco del parque echando de comer miguitas de pan a las palomas y los gorriones. Sólo que ella se dedica a alimentar la sedición catalana y en vez de echar miguitas, recoge de muy malas maneras, rayanas en el ultraje, las banderas de España que dejan sobre sus escaños, junto con la catalana autonómica de las barras sin estrella, el Bloque Constitucional que no está por la labor del golpe de Estado, cuando abandona el Parlamento Catalán para que ellos se lo guisen y se lo coman.

La señora Martínez quita las banderas de España y no passsa nada. Queman esa misma bandera de todos en la plaza pública, así como el retrato del Rey, y no passsa nada. Se pronuncia contra la sedición el Tribunal Constitucional y no passsa nada. En las Vascongadas tienen el deporte popular de arrastrar piedras y cortar troncos, ¿no? Bueno, pues en Cataluña el deporte popular es saltarse a la torera las sentencias del Constitucional. Como su mismo nombre indica, si lo pronuncia un charnego procedente de Andalucía de los que con fervor de neoconversos son ahora más separatistas y más independentistas que la leche que mamaron en Jaén: «Tribuná Constitucio...ná».

En Cataluña hay un perjurio colectivo al que el resto de España asiste impasible; algo así como los habitantes de Florida esperan la llegada del huracán. Como si se tratara no de una sedición en toda regla, sino de una catástrofe natural inevitable. Los que han jurado o prometido cumplir y hacer cumplir la Constitución son los primeros que se la saltan a la torera. De hecho, ellos mismo han aplicado el famoso artículo 155 de la Constitución. La autonomía catalana, entendida según dice la Constitución de 1978, no existe ya, la han derogado ellos. Existen los ensayos generales de la sedición independentista, y sus pasos previos que nadie impide. El Constitucional los puede acusar de lo que quiera, que a ellos les trae sin cuidado. Ellos, a lo suyo, contra el Estado, siendo ellos el Estado en Cataluña. Consigno con dolor que hay una España que no creerá en nada, ni en el propio Estado, hasta que vea que a Puigdemont lo meten detenido en un coche tal como cogieron por el cogote y empujaron a Rodrigo Rato.

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