Una sarta de escupitajos

¿Pero cuántos discursos ha oído la gente para que la vulgaridad de Oprah les parezca el Gettysburg del feminismo?

Rosa Belmonte
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Voy a acabar viendo sólo películas de Woody Allen y Roman Polanski, leyendo a Céline y quemando todo lo que tenga de Oprah Winfrey (como en «El color púrpura» sufre mucho, esa la dejo). A lo mejor hasta empieza a gustarme la mamarrachada pretenciosa de «House of Cards», pero sólo mientras salga Kevin Spacey. Y con «Louie» voy a empezar otra vez desde el principio. Leo tantas tonterías acerca de estos tíos marranos y tantas loas bobas a Oprah que sólo puedo tener una reacción infantil. ¿Pero cuántos discursos ha oído esta gente para que la vulgaridad de Oprah les parezca el Gettysburg del feminismo y el hasta aquí hemos llegado? Menos mal que Catherine Deneuve y otras también denuncian la caza de brujas contra la libertad sexual. A remolque de todo el femidisneysmo sale también el archivo de Woody Allen. Y el tipo del «Washington Post» que ha mirado lo guardado en la Universidad de Princenton ha concluido que Woody Allen está obsesionado con las adolescentes. Amárrame los pavos. Y amárrame a Mariel Hemingway en «Manhattan».

Saul Bellow le dijo una vez a un biógrafo: «¿Qué es lo que puedes revelar sobre mí que yo no haya revelado ya?». Woody Allen, como el arquitecto Philip Johnson, ha puesto él mismo el archivo a disposición pública. No parece que trate de ocultar nada. Tampoco lo hace en las películas. O en su aireada vida (ahora, yo miro la cara de Rowan y le veo una cara más inquietante que a su padre, siempre dando por hecho que es Woody y no Sinatra). En el caso de Wittgenstein, cuyos «Diarios secretos» sí fueron ocultados por sus albaceas, podría dudarse si el filósofo quería que se publicaran. Al menos por esa cosa loca de escribir en clave en las páginas pares lo íntimo y en las impares, y en escritura normal, sus pensamientos conocidos. Es una forma más retorcida que lo de Mary McCarthy en sus memorias, cuando escribía lo que recordaba espontáneamente y, además, confesaba su desconfianza por lo relatado alertando de su posible falsedad.

Philip Johnson tiene sus papeles personales en el centro Getty en Santa Mónica. Hay desde pasaportes caducados a cartas a su madre. También algunos de sus artículos para «Social Justice Weekly». Como recuerda Dejan Sudjic en «La arquitectura del poder», para esa publicación «el Ku Klux Klan era un aliado natural, Roosevelt estaba a sueldo de los ricos y Estados Unidos se hallaba constantemente amenazado por complots comunistas». Johnson describe el incendio de Varsovia, durante la invasión alemana, como «una imagen conmovedora». Al contar su viaje a Polonia en el 39, recordaba que en Lodz los judíos constituían un 35 por ciento de la población, «pero vestidos con sus levitas negras y sus gorros negros parecen más del 85 por ciento». Los checos no le gustaban más: «Anoche oímos Don Giovanni cantar en checo o checa o como sea que se llame ese maldito idioma. En lo que a nosotros se refiere no fue más que una sarta de escupitajos». El biógrafo de Johnson sostenía que dejó ver esos papeles sólo después de que Edgar Kauffman, su rival en el MoMA, contratara un detective privado para investigar el pasado político de Johnson. Este lo que pretendía era minimizar los daños.

Guardarlo todo a lo mejor no compensa. Ya lo decía Mae West: «Lleva un diario y algún día él te llevará a ti». De las orejas. A lo mejor hay algo de autocastigo en poner todos esos papeles personales al alcance de cualquiera. Voy a citar a otra mujer inteligentísima: «Como no me quiero, no me puedo perdonar» (María Lapiedra). Cualquier día va a decir Oprah Winfrey algo tan profundo.

Rosa BelmonteRosa BelmonteArticulista de OpiniónRosa Belmonte