Sánchez 4, Iglesias 1

Si Rajoy cayó por la Gürtel y Cifuentes por las cremas, Huerta no podía continuar con una condena por fraude fiscal

Isabel San Sebastián
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Estaba arrollando Sánchez a su adversario por la zurda en el partido que juegan Iglesias y él desde la aprobación de la moción de censura, cuando su ya exministro de Cultura marcó un tanto en propia meta de los que tardarán en olvidarse. Un fantasma del pasado apareció en forma de sentencia y el flamante vencedor de la pugna tuvo que atenerse a sus palabras: «Si alguien en mi partido tiene una sociedad para pagar menos impuestos, estará fuera al día siguiente». Dicho y hecho. Màxim «el breve» ha sido defenestrado. Resultado actual del encuentro: presidente del Gobierno, 4; líder de Podemos, 1.

Hasta ayer, el jefe de filas socialista había demostrado un dominio total del balón político, gracias al cual llevaba marcados cuatro goles seguidos en la portería guardada por Pablo Iglesias. El primero fue la formación de un gabinete monocolor, que no asignó ni una cartera a un representante de la formación morada. El respaldo de los diputados podemitas a su asalto a La Moncloa se saldaba así con un «simpa» en toda regla, al menos en el terreno de los cargos, nunca suficientemente ponderados cuando la alternativa es gélida. El segundo se materializó en forma de Consejo de Ministras y Ministros, integrado por un número mayor de mujeres que de hombres. El nuevo presidente establecía con ello un récord de alcance mundial y se colocaba al frente del marcador feminista, arrebatando ese estandarte victorioso a los círculos y las mareas. Carmen Calvo eclipsaba a Irene Montero. Manuela Carmena palidecía ante las once integrantes del Ejecutivo sanchista, provistas en algunos casos de currículos sobresalientes. El tercero, de incalculable valor electoral, entró por toda la escuadra en el Pacto de Toledo, donde por arte de magia se alcanzó un acuerdo unánime para subir las pensiones con arreglo al IPC. Lo que hasta ese momento parecía imposible por impagable se convertía de pronto en factible y desactivaba de golpe las protestas de los jubilados, privando al populismo de otra baza formidable en su lucha por el poder. El cuarto y último viaja en el buque Aquarius rumbo a Valencia. Esos seiscientos seres humanos abandonados a su suerte por las mafias de la emigración ilegal fueron hábilmente instrumentalizados por el jefe del Ejecutivo, que mostró buenos reflejos para convertir la dramática necesidad de esas gentes en virtud del Partido Socialista Obrero Español. ¿Quién se atrevería a cuestionar que un país de la opulenta Unión Europea abriera sus puertas a esos niños abocados a morir ahogados a dos pasos de nuestras costas? Junto a los náufragos del Aquarius, Sánchez salvaba del hundimiento su propia credibilidad y arrebataba a Iglesias el discurso del «welcome refugees», apuntándose un nuevo tanto en el marcador. Un tanto que reflejan ya todas las encuestas, donde el PSOE se alza hasta la primera posición mientras que Podemos es expulsado del podio.

Y en esas llegó Màxim… junto al espectro de la corrupción que hace menos de dos semanas expulsó al PP del paraíso. Una historia antigua se lo ha llevado por delante sin darle tiempo a decorar el despacho, no tanto por la gravedad del asunto en sí, cuanto por el nivel de exigencia ética inherente a esa moción censura. Si Rajoy cayó por la Gürtel y Cifuentes por las cremas, Huerta no podía continuar con una condena por fraude. Ni 24 horas ha tardado en dimitir el condenado, pese a lo cual los podemitas no soltarán fácilmente la presa. En materia de regeneración democrática a Sánchez se le ha abierto un frente. Este último gol es de Iglesias.

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