La rodilla

Lamentable el silencio sobre la disparatada dimisión de un ministro británico por una rodilla

Edurne Uriarte
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Me esfuerzo en imaginar la dimisión del ministro de Defensa británico en versión española. Por una rodilla. Por ejemplo, la rodilla de uno de mis compañeros de columna en la que hubiera posado su mano hace quince años la ministra de Defensa. Se me resiste la historia hasta como película de humor, tan inverosímil se me hace la imagen de uno de mis colegas indignado y acusando a la ministra de haberle acosado. Después, trato de visualizar las portadas de la prensa española con la dimisión de la ministra a cuenta de la rodilla, y no me encaja ni en «Bananas», aquella parodia enloquecida sobre la política de Woody Allen.

Pues ese disparate es el que acaba de ocurrir en Gran Bretaña sin que haya rechistado prácticamente nadie. Michael Fallon, ministro de Defensa, ha sido forzado a dimitir por haber puesto su mano en la rodilla de una periodista, Julia Hartley-Brewer, hace quince años. Lo que da una idea de que, en efecto, las mujeres aún seguimos lejos de la igualdad, y no siempre debido a las culpas de los demás, a veces también con nuestra colaboración. Por ejemplo, con ese mayoritario silencio feminista sobre esta patética historia que trata a las mujeres como menores de edad, incapaces de defenderse de una mano en la rodilla. Y que, además, mezcla de una manera peligrosa los casos reales de acoso sexual, abuso del poder para obtener favores sexuales de alguien situado en posición de dependencia laboral, con ridículos intentos de aproximación sexual entre hombres y mujeres.

Los principales obstáculos a los que nos enfrentamos las mujeres son exteriores a nosotras, en efecto. Pero también contribuimos, cuando apoyamos estas concepciones de las mujeres como seres inferiores y débiles con necesidad de protección especial. ¿Y pretendemos ser tratadas como líderes, cuando ni siquiera podemos hacer frente a un tipo que pone la mano en nuestra rodilla? Una actitud que contribuye a consolidar los estereotipos más rancios sobre las mujeres y dificulta la aceptación de las verdaderas líderes cuya fuerza se rechaza, porque sería, piensan los antiguos, demasiado «masculina».

A mí me pasa como a la exdiputada conservadora Ann Widdecombe, una de las pocas mujeres que ha osado abrir la boca, que no me apunté a los movimientos de liberación de las mujeres en mi juventud para esto, para este lamentable victimismo de las mujeres siempre necesitadas de la protección masculina. Las otras dos mujeres que han abierto la boca son las editoras de «The Conservative Woman», sobre todo Laura Perrins, ayer, con un artículo imprescindible sobre la cuestión («Sex scandal? No, an attempted coup»). Como escribe Perrins, tras analizar las acusaciones a los cuarenta MPs por conductas sexuales inapropiadas, si eso es todo, se pide un trabajo en Westminster porque parece uno de los lugares más seguros del mundo. Se trata de una operación política, acusa Perrins, y también, añade, de una derrota total de la primera ministra ante la izquierda y el feminismo.

Discrepo en este último punto de Perrins. Porque no debemos confundir esto con el feminismo, sino con una parte del feminismo. Hay un feminismo liberal que defiende la igualdad de las mujeres desde posiciones de liderazgo, responsabilidad y fuerza y que es ampliamente compartido entre mujeres cercanas ideológicamente al centro y a la derecha, incluso la izquierda. Otra cosa es que tampoco se haya atrevido a hablar, como la inmensa mayoría de los hombres, con la rodilla convertida en objeto tabú y las mujeres líderes enviadas a los más viejos estereotipos de damiselas en apuros.

Edurne UriarteEdurne UriarteArticulista de OpiniónEdurne Uriarte