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La plusvalía culpable Carlos Herrera

Toda plusvalía es un delito. Hasta la que no existe

La plusvalía como paradigma, como ejemplo, como señal. Plus Valía, o sea, más valor. La diferencia entre la cantidad en la que compró la casa y la cantidad en la que la vendió, siempre que sea positiva, está sujeta a tributación. Ha ocurrido que, a lo largo de estos años de crisis, cuando se han vendido casas por debajo del precio al que fueron adquiridas, los ayuntamientos también han cobrado plusvalías. ¿Pero de qué plusvalías hablan estos cleptómanos? No les ha importado que la diferencia fuera lesiva para los intereses del vendedor: hay que sacar pasta de donde sea, aunque sea con argumentos vergonzosos. Afortunadamente, el Tribunal Constitucional ha puesto las cosas en su sitio y obliga a devolver el dinero usurpado ilegalmente a los ciudadanos. Conociendo a esta chusma recaudatoria no hay ni un momento que perder: todos a por lo que es nuestro. Al Ayuntamiento ahora mismo. A que nos devuelvan lo que nos han robado. Y luego, si quieren, nos vamos a tomar unos vasos.

Digo que este asunto de las plusvalías es paradigmático ya que sintetiza el apetito voraz de la mediocre clase política española por quitarle el dinero a la gente o, cuando menos, por intentar que se sientan culpables por haberlo ganado. Para la socialdemocracia reinante -en el gobierno y en la oposición- un triunfador es una persona objeto de un merecido rapapolvo. Esa cosa que se llama derecho a la prosperidad o al enriquecimiento merced al éxito del trabajo de cada cual, siempre será sospechoso y, cuando menos, merecedor de un correctivo en forma de impuesto. Debe usted pedir perdón por ganar más que los demás, y la forma de hacerlo es recriminarle su progreso mediante impuestos especiales y justicieros. Eso han venido a decir los tres candidatos a la canonjía socialista: hay que subirle los impuestos a los que más tienen. Eso quiere decir: vamos a acabar de freír a los insolidarios poseedores de una nómina. Temblad malditos.

Este jueves publicaba ABC un cálculo bastante modesto sobre el platal que nuestro país deja de ingresar gracias al aluvión de Podemos, Ganemos y Seamos Estupendos que convenientemente ha colocado el PSOE en el poder local. Cualquiera de estos tres turistas pugnantes compartirá una suerte de acuerdo con los mentados acerca de la culpabilización social del triunfador en redes y foros. A Amancio Ortega, sin ir más lejos, no le perdonan que gane lo que gana y que haya creado un imperio de difícil comparación en el mundo. De hecho, presos de obsesiones recurrentes, acaban insultando a quien dona millones y millones de su patrimonio para mejorar la sanidad pública.

Es la izquierda enemiga de lo privado, que existir existe y de qué manera. El último ejemplo ha estado en el sainete que han obligado a protagonizar a Antonio Banderas. Tres tipos que en su vida han dado un palo al agua han encabezado desde el Ayuntamiento de Málaga diversas iniciativas para poner a caldo a un tipo que ha hecho por su ciudad mucho más de lo que podrían hacer estos simples en veinte vidas que vivieran. En Zaragoza los majaderos munícipes que desgobiernan la ciudad no han querido siquiera recibir a los inversores de Quirón que ofrecían construir un importante centro hospitalario en la capital. En Madrid se han llevado por delante la Operación Chamartín, en Barcelona han paralizado la expansión turística y en Valencia, entre otras cosas, están ahora volcados en retirar calles a asesinados y rotularlas con el nombre de los asesinos en virtud de la miserable ley de Memoria Histórica que escribió el zapaterismo y que este gobierno de lilas no se ha atrevido a derogar.

Odian la iniciativa privada, la libertad y el derecho indudable al progreso y bonanza privados. Toda plusvalía es un delito. Hasta la que no existe.

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