El perfumerías

¿Por qué me sorprendí apoyando a un equipo de baloncesto femenino que ni conocía?

Luis Ventoso
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El baloncesto nunca me ha interesado. Tal vez sea un resabio de mi condición de persona verticalmente sostenible (es decir, de bajito). Pero el domingo por la mañana vi un pedazo de un partido. Zapeaba buscando las noticias del Canal 24 Horas cuando por error aterricé en Teledeporte. Emitían desde Zaragoza la final de la Copa de la Reina de baloncesto femenino y me quedé a ver qué tal jugaban. Como suele pasar en este deporte, se incurría en el error de que los equipos no llevaban el nombre de sus ciudades, sino el de sus patrocinadores. Según los rótulos y el locutor allí se enfrentaban el Perfumerías Avenida y el Spar Citylift, lo cual para mí es como si me dijesen que en la NBA juegan el Pollo Kentucky y el GAP. Pero al cabo de unos minutos logré ubicarme: el Perfumerías resultó ser el Salamanca y el Spar, el Gerona. Y ahora llega un hecho que me entristece: de inmediato me sorprendí deseando que ganasen las charras, animándolas interiormente.

En Salamanca solo he estado una vez, y unas horas. En cambio conozco Gerona por haber pasado allí unas satisfactorias vacaciones. Entonces, ¿por qué en un deporte que no sigo, que no me interesa, me vi deseando que ganasen las chicas del Salamanca? Con gran pesar confieso la razón: espontáneamente no me salió simpatizar con un club de una región que nos está haciendo la vida imposible.

Sí, ya lo sé: la mayoría de los catalanes han votado contra el separatismo y ellos son sus primeras víctimas. Pero dos millones permanecieron todavía fieles el pasado 21-D a un nacionalismo sectario y desquiciado, que intentó un golpe de Estado, pisoteó las leyes españolas y las catalanas y provocó un éxodo empresarial que hará muchísimo daño a Cataluña. La opción xenófoba y antiespañola fue de hecho la que obtuvo más escaños, a pesar del esperpento de un presidente a la fuga, o de la palmaria cobardía de sus paladines, que se arrugaron en cuando llegó la ley (véase Forcadell). En Cataluña se ha puesto de moda hablar de sentimientos, se da prioridad a las emociones afectivas. Pues bien: si te dedicas a tiempo completo a zaherir a tus vecinos, a crear problemas artificiales, a ir de víctima cuando eres una región privilegiada, el resultado es que acabas volviéndote odioso ante aquellos que sistemáticamente desprecias. He hablado con amigos y conocidos gallegos, madrileños, andaluces, vascos... personas de diversas edades y opciones políticas. Es un clamor: los españoles de a pie están hasta la zanfoña del procés, del holograma y el sainete de Puigdemont, de las trampas del Parlament, de los lacitos amarillos, del aquelarre insolidario, las cifras falseadas y la chulería displicente. Y no se equivoquen: al provocar esa pérdida de simpatía, el nacionalismo hace un terrible daño a Cataluña, económico y moral. La que era la región más admirada es hoy la que provoca un cambio de canal instantáneo en cuanto llega el festival diario del disparate. Tal vez es tiempo de que los medios españoles bajen el volumen al insufrible procés y presten atención a otros asuntos, más relevantes y de interés bastante más general.

Luis VentosoLuis VentosoDirector AdjuntoLuis Ventoso