Pelucas rubias, labios pintados

Con el concejal López, el ambiente hostial siempre está asegurado

Rosa Belmonte
Actualizado:

Un concejal que fue alcalde de Cartagena y asusta al miedo ha dicho en la radio sobre la candidata del PP a las municipales de 2019 que es una «peluca rubia» y unos «labios bien pintados». Como la Mae West de Dalí. O como Cristina Cifuentes. Noelia Arroyo, la aludida, contestó en Twitter y añadió el hashtag que circulaba para apoyarla. Hay majagranzas que lo ponen a huevo. Las mujeres podrían salir con pantalones vagina como los de Janelle Monáe en el vídeo Pink, pero un hashtag es más fácil y menos aparatoso. #YotambiénSoyRubiayMepintoLosLabios. El que fue alcalde de Cartagena entre 2015 y 2017 por Movimiento Ciudadano, y gracias a un pacto con el PSOE y los podemitas, ha dicho después en la televisión que al hablar de las pelucas rubias se refería a todo el PP. Como si el PP fuera Dusty Springfield, Dolly Parton o los siglos XVII y XVIII. Me ha recordado el peculiar libro de Luigi Amara titulado Historia descabellada de la peluca (Anagrama). Aunque Noelia Arroyo no lleva peluca. Pero supongo que el pelo es una metonimia rigurosa, como escribe Margo Glantz en De la amorosa inclinación a enredarse en cabellos.

Los de la televisión, atónitos, no sabían con quién trataban. Tampoco habrían pillado los matices de López acusando a Arroyo de falta de cartageneidad y exceso de murcianidad. Según José López, empresario cafetero, una periodista no puede gestionar un ayuntamiento (Arroyo, antes de ser consejera de Cultura y de Transparencia, además de portavoz del Gobierno regional, fue periodista). Se lo decía a la rubia Griso. Está claro que esta nunca se había entretenido mirando actuaciones estelares de López en los plenos municipales. Ni como alcalde ni como concejal, cuando Pilar Barreiro todavía dirigía la alcaldía (la única vez que ha dicho algo ingenioso fue cuando ella le pidió que dejara de hacer el ridículo y él, muy vehemente y activo contra la corrupción, le echó en cara sus cosas con un «esto es púnico y notorio»). Con López, el ambiente hostial siempre está asegurado. Su forma de dirigirse a los demás anda entre J. K. Simmons en Whiplash, la señorita Trunchbull de Mathilda y el sargento Hartman de La chaqueta metálica. A R. Lee Ermey, que acaba de morir, lo contrató Kubrick como asesor sobre el Ejército. Pero al escucharlo durante quince minutos soltando insultos y comentarios ofensivos sin repetirse se lo quedó. Kubrick no conocía a José López.

Tiene gracia que al final del programa, donde también intervino Arroyo, López atacara a esta y al PP en un comunicado: «Lamento sus artimañas para intentar promocionarse». Amárrame los pavos. Si la promoción la ha hecho él con la peluca rubia y los labios pintados. Si ahora da igual el currículo de ella o haber defendido a Pedro Antonio Sánchez (cosa que también le achaca). O incluso llamarla mentirosa. Si a Jordi Cañas, de Ciutadans, lo han llamado hijo de puta en la TV3 y ahora quieren hacerlo alcalde de Barcelona (su otro gran mérito fue dimitir tras ser imputado por un delito de fraude fiscal del que luego fue absuelto; uno que no necesita másteres). Lo que parece poco aceptable es esta especie de demonio de Tasmania en la vida pública. Del Papa Pablo IV, el más desagradable del siglo XVI, se decía que cuando caminaba por el Vaticano salían chispas de sus pies. Casi.

Ya habría querido Cristina Cifuentes un José López para ella sola. El problema de Cifuentes es que se llama rubia a sí misma y esa vía, la del mujerío ofendido, al que también se agarran los hombres, la tiene obstruida. Ahora sólo queda que El Juli la indulte.

Rosa BelmonteRosa BelmonteArticulista de OpiniónRosa Belmonte