Carlos Herrera

Parleu amb Millet

Millet era aquél al que se refería Pujol cuando había que solucionar algún asunto relacionado con la ingesta voraz de fondos

Carlos Herrera
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Es cierto que una casta, al estilo indio, sobrevuela permanentemente la Barcelona burguesa que en su día impulsó movimientos culturales innovadores y brillantes, que se puso al servicio de Franco cuando hubo necesidad de mantener los balances y que impulsó y financió finalmente el nacionalismo hoy convertido en secesionismo puro y duro. Se habla siempre de doscientas familias intocables. Pueden ser más o pueden ser menos, pero a buen seguro que la de Millet está entre ellas. Un Millet fundó el Orfeó Catalá, otro creó una potente industria algodonera, el siguiente anduvo en la creación de Banca Catalana y el último ha presidido el Palau de la Música.

Siempre se dijo que, a poco que se analice la historia de la Cataluña contemporánea, va a ser muy difícil escaparse de pronunciar algunos apellidos concretos: Millet, Pujol, Maragall, Samaranch… Siempre están en el ajo, lo cual no es bueno ni mano, pero merece ser subrayado para saber con quién te juegas las cartas. Y el que estaba en el ajo de la música, de las obras corales, de las vanguardias varias, era el sobrino bisnieto de un héroe catalán que, junto a Amadeo Vives, creó una institución que hoy perdura y que ha sido faro y guía de muchas formaciones artísticas. Pero ha salido rana. Félix Millet era aquél al que se refería siempre Pujol cuando había que solucionar algún asunto relacionado con la ingesta voraz de fondos. Si no había dinero: «Parleu amb Millet». Si lo había pero debía ser guardado o disimulado: «Parleu amb Millet». Millet en todos los enjuagues. Y si Millet veía pasar dinero por delante que no gozaba de origen inmaculado, quién dijo que no podía llevarse su parte. Y así se produjo el desfalco del Palau: llegaba dinero de aportaciones públicas y privadas (las primeras para mantener el símbolo, las segundas para contentar al poder y hacer debidamente la pelota a la cultureta catalana). Y Millet y Montull distraían cantidades que derivaban a su cuenta. Con todo, ese no era el monto más significativo: valía para hacer obras en la finca o pagar bodas de las hijas (cobrándole la mitad al padre del cónyuge). La parte gorda de la tostada iba para Convergencia Democrática de Cataluña. El instrumento era ideal para el disimulo: ¿usted quiere hacer una obrita en el Metro?, pues pase por caja, asigne una generosa donación a la Fundación del Palau de la Música y ya nos entenderemos. Evidentemente, el tres por ciento de esa obra debía ser ingresado como amor por la música catalana. Luego Millet lo llevaba directamente al tesorero, o lo enviaba a la Fundación CatDem o lo utilizaba para pagar facturas de empresas que hacían trabajos para Convergencia. Así durante años.

Ahora Millet, ya fatigado por años de desgaste, ha decidido colaborar con la Fiscalía. Y ha aclarado que no era el tres. Era el cuatro por ciento. Cuatro por ciento que no pagaba la empresa de turno: lo añadía al presupuesto de la obra a realizar, con lo que lo pagaban los catalanes en su conjunto. Cuatro por ciento, tal como dijo ayer, que suponía dos y medio por ciento para el partido y el resto para ellos. Así haciendo Cataluña desde los noventa, que se sepa. Entre 2002 y 2009, levantaron una cantidad cercana a los ocho millones de euros.

El Caso Palau es una parte de los procesos que tienen que ver con el 3%, que instruye un juez de El Vendrell y de cuyo alcance solo tenemos algún cálculo muy aproximado: no hablamos de Generalitat, sí de ayuntamientos, muchos, y muchas obras menores pero suculentas.

Y estos iban a ser como Dinamarca, donde siempre hay algo que huele a podrido. Parleu amb Millet.

Carlos HerreraCarlos HerreraArticulista de OpiniónCarlos Herrera