Arash Arjomandi

La paradoja del impeachment

Los ciudadanos transfieren su soberanía a unos líderes electos en virtud de esa supuesta superioridad en su nivel de competencias y en su saber

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Se está hablando, cada día con mayor profusión, de la posibilidad de incoar un procedimiento impugnatorio del líder político más influyente del mundo. El impeachment, tal como se contempla en el derecho anglosajón, no es lo mismo que delito o ilícito civil, aunque puede incluirlos. Se trata de una ilegitimidad política, de ahí que se le denomine también juicio político, para distinguirlo de otro tipo de procedimientos judiciales, como el civil, mercantil, penal o militar.

Y esa es la razón por la cual deviene un fenómeno paradójico: ¿cuáles son las condiciones de posibilidad de que un líder elegido democráticamente por el pueblo pueda ser juzgado por otros estamentos también elegidos por haber traspasado, no un límite legal, sino los límites de la fidelidad política?

Una de las ventajas de los sistemas representativos con respecto de las democracias directas es que en aquéllos los representantes elegidos son delegados por los votantes para administrar la res pública sobre el supuesto de un mejor nivel de conocimientos, de una mayor altura de miras y de una más experimentada práctica para llevar a cabo esa tarea. Los ciudadanos transfieren su soberanía a unos líderes electos en virtud de esa supuesta superioridad en su nivel de competencias y en su saber. Es ello lo que les habilita, teóricamente, para seleccionar los caminos más adecuados hacia los grandes fines políticos de la voluntad general (la mayoría agregada de los ciudadanos).

En efecto, este tipo de gobiernos representativos adquieren su plusvalía con respecto de las democracias directas por el hecho de pretender encarnar una suerte de sofocracia o liderazgo de sabios a lo platónico; sólo que, en la práctica, nuestros delegados electos no reúnen la mayoría de las excelencias y virtudes, innatas o adquiridas, que prescribiera el autor de La República.

Sin embargo, todo escenario de impeachment o caso de juicio político, sea en EEUU, en Brasil o en cualquier otra nación democrática, pone de manifiesto una gran paradoja que encierra el fenómeno de la representación política; a saber: que ningún líder tiene mecanismos ni criterios objetivos para saber cuándo, aun manteniéndose dentro de los límites legales, está a punto de ultrapasar los confines del mandato ciudadano. No dispone de medidas claras para discernir, en cada acción o decisión, si los medios que él cree adecuados se hallan justificados por los fines que le ha encomendado la volonté générale.

La paradoja reside en el hecho de que un sistema representativo se caracteriza, precisamente, por la mediación política, de ahí que el líder nunca se halle obligado a recurrir, para su acción, a consultas directas, ora mediante sondeos de opinión, ora en referéndums, ora a través de plebiscitos, salvando excepcionales cuestiones de enorme trascendencia.

La contradicción es peliaguda: por un lado, el mandatario ha sido investido con poderes únicamente limitados por la ley, gracias a un procedimiento democrático y en virtud de una supuesta superioridad suya en habilidades estratégicas y sabiduría política; pero, por otro, puede y debe ser enjuiciado por otros representantes (cámaras alta y baja, en el caso anglosajón), también electos, cuando, en su escogimiento de medios para conseguir los fines que le han delegado los votantes, trasgrede una determinada demarcación política que, sin embargo, nunca se halla claramente definida.

Eugenio Trías parece dar, sin embargo, una pista acerca de tal demarcación: “El compromiso público del pensamiento se pone a prueba en la denuncia de toda propensión del poder público a propasarse; o a incurrir en hybris. Un término que tradicionalmente se traduce por extra-limitación; no en vano los griegos eran un pueblo con gran sentido de las medidas y de los justos medios, o de los límites. Los estudiosos recientes advierten con frecuencia otras connotaciones en la hybris. El personaje que incurre en ella, generalmente del acervo de los ciclos ‘trágicos’ (Agamenón sería quizás el ejemplo arquetípico), se caracteriza por algo más que incurrir en exceso y extralimitación; añaden a ello lo que hoy llamaríamos prepotencia; me refiero a ademanes de jactancia y vanagloria en su propio atropello de la medida y del justo límite. También debe sumarse la ceguera, o la obcecación.”

Así las cosas, la solución a la paradoja sería doble. Una, de índole operativa: nuestras democracias deben introducir dentro de su sistema representativo métodos también directos. Éstos, usando el gran recurso de las nuevas tecnologías, pueden facilitar a los mandatarios, bien que en una escala de grados, el conocimiento directo, sin mediaciones periodísticas ni estadísticas, de la opinión pública acerca de los caminos y medios a escoger para conseguir los fines políticos que le han encomendado.

Pero hace falta, por otro lado, un cambio mucho más profundo, el que se deriva de la noción de demarcación arriba expuesta por Trías: las nuevas generaciones de líderes y políticos deben ser formadas y educadas en los grandes atributos excelsos que Platón le exige al filósofo-rey. Todo líder debe ser filósofo en el sentido de conocedor del alma humana, de la condición humana, pues es ésta la que marca y delimita el justo medio donde situarse las acciones y decisiones.

Arash Arjomandi, filósofo y profesor de Ética Empresarial en la EUSS (UAB)