David Gistau

Pangloss en las Ramblas

Si en Barcelona un bolardo agrede la libertad, imaginen un «paraca». Por eso interponemos letras de John Lennon

David Gistau
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En ciudades europeas atacadas recientemente, como París, así como en otras que no lo han sido, como Roma, los militares están desplegados. Ello no es un elemento añadido de inquietud sino de tranquilidad. Por eso es frecuente ver, sobre todo entre los turistas, personas que les agradecen el servicio al pasar junto a ellos, por más que la presencia de soldados perturbe el ideal de la tarjeta postal que sólo admitía pintores con boina existencialista y candaditos del amor en los puentes. Los primeros despliegues en Francia parecían más un alarde, un bálsamo psicológico, ya que pensábamos que esta guerra era para que la libraran oscuros servicios de inteligencia. Sin embargo, los soldados terminaron interviniendo, evitaron atentados, e incluso atrajeron sobre sí los ataques que en su caso son un gaje del oficio, como lo vienen siendo en Israel desde los tiempos en que Europa ni sospechaba siquiera que los coches utilitarios y los cuchillos de cocina podían convertirse en armas terroristas artesanales.

No pretendo diagnosticar en términos técnicos si la seguridad en España estaría mejor garantizada con los soldados desplegados. No tengo conocimientos para ello, es algo que me corresponde preguntar, no responder. Pero sí me parece interesante plantear que la superstición antimilitarista española impediría hacerlo aunque fuera necesario. Y de hecho se lo ha impedido a un gobierno medroso, acomplejado, que se ha resistido a aumentar el grado de alerta por temor a que la propaganda independentista fabricara con los soldados patrullando Barcelona, no una estampa protectora, sino una propia del Ulster. Este componente político con resultados debilitantes es otra de las características excéntricas de España. En ningún otro país bajo ataque existe una fobia tal al ejército como para preferir asumir más riesgos personales antes que rescatarlo de su perímetro de exclusión social. Si en Barcelona un bolardo agrede la libertad, imaginen un «paraca». Por eso interponemos letras de John Lennon.

Más allá de la particularidad política en un contexto de fuerte militancia independentista, parece que ciertas reticencias, lo mismo a los bolardos que a los «paracas», tienen un origen «panglossiano». El optimismo no los estimaba necesarios y por ello no quería arruinar la tarjeta postal de la ciudad abierta, libre, intocable de tan hermosa. Estos días, los cronistas de Barcelona, lo mismo los nostálgicos que los que se alquilan bicicletas municipales ahora, nos recuerdan, estupefactos, a Cándido contemplando el terremoto de Lisboa y descubriendo que fue estafado en su ideal del mejor de los mundos posibles, que cosas así no pueden suceder en la jurisdicción de un Dios benevolente. Los bolardos y los «paracas» son un modo, al contrario, de conocer la condición humana y la inexistencia de dioses benevolentes antes del terremoto, y no después.

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