Isabel San SebastiánSeguir

Palabra de político Isabel San Sebastián

La batalla de Murcia se ha escrito con «p» minúscula de poltrona, poder, promesas vanas y partidos

La batalla de Murcia, de la que sale victorioso Albert Rivera y moribundo Pedro Antonio Sánchez, se ha escrito con «p». Con «p» de poltrona, poder, promesas vanas, palabra de trapo. Con «p» minúscula de política. El presidente defenestrado podría haber salido airoso del trance si hubiese optado por el camino más recto, honrando los compromisos que él mismo asumió libremente durante la campaña. Esto es, si hubiese presentado la dimisión nada más conocer su imputación judicial, tal como en varias ocasiones aseguró que haría. Habría salido por la puerta grande, con la presunción de inocencia intacta, como un hombre de fiar susceptible de ser votado de nuevo si es que la justicia termina exonerándolo. Llegado el momento de probar la fuerza de sus convicciones, no obstante, prefirió aferrarse a la poltrona, recurrir al viejo «donde dije digo digo Diego», y traicionar su promesa en aras de conservar un cargo despojado de credibilidad y carente de apoyatura aritmética. Ha terminado expulsado por quienes le auparon hasta el despacho y abandonado por su propio partido, mucho más preocupado por el poder que por la lealtad. En el negocio al que se dedica eso equivale a la pena capital.

Nada, absolutamente nada de lo acaecido en la Comunidad murciana guarda relación alguna con el interés general, la defensa de valores democráticos o la regeneración de la vida pública. El combate no se ha librado en el terreno de los principios, sino en el de la pura fuerza. Hemos asistido a un pulso entre dos rivales enfrentados por un mismo votante, mirándose a los ojos a ver quién pestañeaba antes. Los naranjitos defendían un territorio electoral recién conquistado y necesitado de consolidación, que los seguidores de la gaviota consideran usurpado por creerlo de su propiedad. Los populares lo apostaban todo al fantasma del miedo, encarnado en las huestes de Iglesias. Y al final, por una vez, el pez chico se ha comido al grande. El vencedor indiscutido del lance ha resultado ser Ciudadanos, no porque estuviera dispuesto a entronizar a Podemos, como hemos oído de ir a un Sánchez enrabietado, con argumentos de mal perdedor, sino porque contaba con mejores cartas. En su mano estaba el acuerdo de investidura firmado con el PP, en virtud del cual la imputación (hoy llamada «investigación») suponía la marginación inmediata del investigado, así como el apoyo del PSOE, decidido a secundar cualquier iniciativa encaminada a arrebatar el timón de mando a su adversario. En contra del fulminado jugaba la «razón de partido», que prima siempre a la formación por encima de la persona, salvo que ésta sea el número uno.

El campo de batalla en el que se han roto lanzas estaba embarrado por un clima de sospecha generalizada, especialmente implacable en lo que atañe al PP, permanentemente bajo el foco de ciertos «guardianes» mediáticos de la limpieza cuya vara de medir varía según el color del presunto corrupto. También por una justicia politizada y un juez que, tras su paso por la Administración, no debería haber vuelto a vestir la toga. A veces la confusión de poderes propiciada por los verdugos de Montesquieu se vuelve paradójicamente en su contra...

En resumen, nada muy edificante. Una escaramuza un tanto ruin de la que acaso pueda extraerse una conclusión positiva: que quien llega a un cargo prometiendo sin intención de cumplir puede acabar perdiéndolo. Tal vez así la palabra de un político vuelva a significar algo.

Isabel San SebastiánIsabel San Sebastián
Toda la actualidad en portada

comentarios