Ofendo luego existo

Insultan para olvidar su sospecha de que morirán como compatriotas de Felipe VI e Iniesta

Hermann Tertsch
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El día de Sant Jordi en Cataluña es una celebración bonita surgida de una buena idea. Regalar un libro y una rosa y convertir ese gesto de obsequio de belleza de la naturaleza y de la cultura en fiesta popular y rito social solo expone buenas intenciones y altura de miras. Es lo que se llama un hábito de sociedad avanzada. Pero era ingenuo pensar que en la vertiginosa depravación triunfante de todos los frentes de la realidad en Cataluña pudiera sobrevivir intacta una idea noble. No puede ser.

No se puede fabricar y emitir odio a espuertas durante 364 días, pisotear todo el año las libertades del no separatista y frenar en seco un día para recrear un paisaje idílico del libro y la tolerancia, las letras y la armonía, la inteligencia y la libertad. No puedes ser un día una espiritual clase de filosofía del Trinity College de Cambridge en 1938 si el resto del año eres la facultad de higiene racial de Berlín y no quedan libros malditos por quemar. Así, las noticias que daba ayer el otrora cordial e ingenioso Sant Jordi son las difamaciones del jefe del Parlamento regional, Roger Torrent, contra todo el que en España aún cumple la ley, y el libro que regaló a su pareja artística el joven que cantará por España en Eurovisión.

El libro elegido por el niñato, que se llama Alfred, para regalarle a ella, que se llama Amaia, su pareja en Eurovisión en representación de España, se titula «España de mierda». Esto viene a ser como una intervención de Cristóbal Montoro en heroica defensa del golpista Carles Puigdemont. La primera reacción es preguntar: «Alfredito (o Cristobalito), ¿A qué viene eso?». Pues viene a que regalar ese libro le hace sentirse mejor. Como Cristóbal, que se siente mejor después de dejar claro que él no descontrola. Montoro por su reputación hace cualquier cosa. Lo estamos viendo. El Gobierno ha tratado el golpe de Estado antes y después del 155 como un irritante malentendido. Los golpistas molestan porque pueden fastidiar el presupuesto a Rajoy. Una lata. Lo demás ya se verá cómo se apaña. Patada para adelante y que arree quien venga después. Eso sí, lo más tarde posible.

Para Alfredito de Operación Triunfo, que ya se pavoneó como separatista, sabe que insultar a España le genera simpatías entre los suyos y ningún inconveniente con los demás. Gana siempre. Por eso coge el libro del tonto agonizante eterno que es Albert Pla y se gasta la gamberrada. Ofender como única forma de saber que existe. Le pasa al propio Pla, cuyo cerebro encoge desde hace siete lustros, y le pasa al niñato de Eurovisión, que viene jibarizado sin gasto. Le pasa al rebaño de mequetrefes que solo fue a Madrid a la final a pitar al himno e insultar al resto de los españoles. Que no eran todos los culés. Pero bastantes de los culés. Para distraerse de la terrible sospecha de que todos morirán como compatriotas de Felipe VI e Iniesta.

Ofender como único recurso, como única forma de existir. Como esas revistas basura de supuesto humor -nada que ver con La Codorniz o El Hermano Lobo- que solo buscan la burda gracia en la ofensa o la herida de creencias o convicciones de algún enemigo que tiene que ser español y no defenderse. El problema es que hace tiempo que se llegó al punto en que España ha de defenderse de la amenaza a su existencia porque no lo hizo del insulto y la agresión. Hace mucho que la cordialidad de Sant Jordi es un espejismo.

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