Nuestra fiesta

No es casual que quienes han prohibido las corridas de toros sean los mismos que luchan por quebrar la cohesión de España

Isabel San Sebastián
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Lo dijo la Infanta Doña Elena en la entrega del prestigioso PremioTaurino ABC, que este año ha recaído en los aficionados: «Amar la Fiesta es amar esta España en la que cabemos todos». Todos sin excepción, incluidos quienes se empeñan en destruir el formidable patrimonio que es esta gran nación. Con los toros ocurre lo mismo. Quienes disfrutamos de un espectáculo pletórico de belleza y simbología, cuyos orígenes se remontan a la civilización minoica surgida en el corazón del Mediterráneo hace más de cuatro mil años, no excluimos ni imponemos nada a nadie. Únicamente pedimos respeto y libertad para mantener una tradición tan enraizada en nuestra cultura como el olivo, el vino o los frutos de la mar. El mismo respeto que profesamos a quienes, en uso de su libertad, deciden no acudir a la plaza.

Amar la Fiesta es amar a España. ¿Se puede amar a España sin amar la Fiesta? ¡Por supuesto! Pero no es casual que quienes con más fervor combaten las corridas de toros, hasta el extremo de prohibirlas, sean los mismos que luchan con todas sus fuerzas por quebrar la cohesión de esta nación secular. No es casual que fuese el parlamento de Cataluña el primero en vetar la Fiesta, generalmente apellidada «nacional» por su carácter español, sin tomar medida alguna contra otros espectáculos taurinos como los correbous, identificados con la tradición catalana. ¿O acaso es más cruel dar muerte a un toro bravo en la plaza, brindándole la oportunidad de defenderse del matador que se enfrenta a él con un estoque, que colocar al animal unas bolas de fuego en los cuernos y hacerle correr enloquecido por las calles, en medio de una multitud vociferante, para acabar electrocutándolo en un matadero? La hipocresía es tan flagrante que no es preciso insistir en ella.

Amar la Fiesta es amar a España y es amar la Cultura, con mayúscula. Porque decir tauromaquia es decir antropología, arte, historia, mitología. Más allá de las superficialidades al uso, caracterizadas por una profunda ignorancia, conocer el porqué de la Fiesta es entender de dónde venimos y a qué obedece buena parte de lo que somos. Lo que simboliza el toro en nuestro acervo común desde la Edad del Bronce, entre cuyos vestigios arqueológicos abundan representaciones bellísimas del combate singular librado entre la fiera astada, considerada máximo exponente de la fuerza y la bravura, y el ser humano empeñado en demostrar su valor y su destreza. En definitiva, la batalla del hombre (y hoy en día también la mujer) por superarse a sí mismos en el contexto de un ritual regido por la elegancia y el respeto casi reverencial hacia el protagonista de la ceremonia, que no es el matador, ni su cuadrilla, ni mucho menos el público, sino el toro. Una de las criaturas más hermosas que pueblan la faz de la tierra.

Afirman los antitaurinos, en un alarde de simpleza, que la lidia es sinónimo de maltrato animal. Como me decía un ganadero la otra noche, en la cena de ABC, ningún toro destinado a morir en la plaza tras cuatro años de disfrute en la libertad de una dehesa cambiaría su suerte por la de un ternero manso abocado a convertirse en chuletas. Y es que pocos animales gozan de la vida tanto como lo hace un toro bravo y mueren de forma tan digna como lo hace él en la plaza. Nadie es obligado a presenciar ese momento. Pero no me digan que no van porque aman a los animales. Es como rechazar la ópera porque a uno no le gusta el ruido.

Isabel San SebastiánIsabel San SebastiánArticulista de OpiniónIsabel San Sebastián