No quitéis las banderas

Dejadlas ahí, al menos hasta que el otoño las decolore o el viento de la Historia las convierta en un noble guiñapo

Ignacio Camacho
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No descuelgues aún esa bandera de tu balcón porque el aliento moral que expresas con ella va a continuar siendo necesario. Porque el Estado al que querías defender con ese gesto sigue pendiente, acaso más que nunca, de tu respaldo. Porque el debate cívico y patriótico en el que decidiste participar con ella va para largo. Porque los sentimientos y la convicción que pretendías expresar no han caducado. Porque el orgullo que te movió a ponerla debe permanecer intacto. Y porque ahora no puedes ni debes conformarte con lo que has logrado.

¿Sabes? A los políticos nunca les acabó de gustar ese caudal de energía colectiva, esa oleada de vigor ciudadano. Acostumbrados a formular consignas, a dirigir opiniones, a establecer criterios, desconfían de cualquier movimiento espontáneo. El de las banderas les sorprendió, les creó inquietud porque no sabían bien quién podía aprovecharlo; se sintieron incómodos, desasosegados de no poder controlar ese pálpito. Y sin embargo tuvo consecuencias porque, les gustase o no, expresaba una conciencia, una determinación, un estado de ánimo que buscaba, que exigía, que necesitaba un liderazgo.

Quizá sin las banderas no se hubiese producido esta reacción de firmeza. Quizá el poder se habría dejado llevar por el impulso de su propia inercia. Quizá los partidos constitucionalistas, en vez de aproximar voluntades, se hubieran dedicado a profundizar en sus diferencias. Quizá todavía seguirían indecisos, apocados, calculando rentabilidades electorales y afinando estrategias. Quizá los "catalanes invisibles", los discrepantes arrinconados por la hegemonía nacionalista, se mantendrían en el silencio que al fin decidieron romper en un multitudinario arrebato de coraje y entereza. Quizá la insurrección contra los fundamentos de la democracia aún no hubiese encontrado respuesta.

Todo eso, y el discurso del Rey, y el rearme moral del Gobierno, y la sensación de que la derrota presentida tenía vuelta, sucedió porque cientos de miles de españoles prendisteis en la ventana una enseña. Una expresión que no era de protesta –o sí: contra el encogimiento, contra el desdén, contra la pusilanimidad, contra la propia vergüenza– sino de confianza en vuestro país, en vuestros valores, en vuestro sistema de convivencia. Porque os sentisteis fuertes, dignos, incólumes, resueltos a reclamar que se os tuviera en cuenta.

Por eso hoy más que nunca es menester que la política sienta el hálito de una nación dispuesta a acompañarla en el difícil camino que al fin ha tomado. Porque el riesgo de ruptura persiste y hay una posibilidad cierta de fracaso. Por eso en tu balcón debe mantenerse esa bandera que colgaste el día en que una fuerza invisible te empujó a sacar tu autoestima del armario. Déjala ahí, cabal, honorable, bizarra, al menos hasta que el sol y la lluvia de otoño la decoloren o el viento de la Historia la convierta en un noble guiñapo.

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