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Nacho Mayte Alcaraz

Golpe a una etapa negra en Madrid

Nacho (Ignacio González González) era el poder. Una mezcla de Trump, Maduro y Putin pasado por el callejón del Gato. Trabajador incansable, miraba a un alcalde del PP, a un empresario o a un periodista y lo fulminaba. Agarraba el teléfono y tumbaba la carrera de un pobre concejal con la misma facilidad con la que increpaba a los informadores que no glosaban sus hazañas o las de la «jefa», Esperanza Aguirre. Si los directores de los medios no atendían sus «piadosas» llamadas (y muchos hubo que resistieron; otros, como también se destapó ayer, no) el arma que guardaba en el cajón de su despacho consistía en prohibir que el insolente pisara Telemadrid, sobre todo si era sospechoso de no atizar con denuedo a Mariano Rajoy o a Alberto Ruiz-Gallardón. Ser considerado «de Génova» o «gallardonista» se convirtió en la letra escarlata en la Comunidad. Y no es que muchos otros políticos, del mismo y otro signo, no hicieran lo propio, es que Nacho gozaba con el traje. Le gustaba jugar fuerte. El que mandaba era él. Esperanza se lo dijo. Mientras el juguetito funcionara (Canal de Isabel II, Telemadrid, Arpegio...), a ver quién le tosía.

Esa sensación de impunidad era sobre todo moral. La peor de todas. Esperanza Aguirre tuvo más aciertos en su gestión que fallos. Lo creo firmemente; como creo en su honradez personal. Pero lo peor de su ejecutoria no fue no ver pasar la Púnica, la Gürtel, y a Granados con fajos de billetes, lo peor fue nombrar a González, a quien lógicamente le ampara la presunción de inocencia, empañando los años dorados del PP de Madrid, aquellos en los que se acabó con el cinturón rojo y el histórico poder de la izquierda en los municipios más humildes y se modernizó la región, para cubrir hoy de vergüenza a decenas de cargos, algunos de los cuales me confesaban ayer su profunda «tristeza». Años oscuros, muy oscuros, que mandaron a negro el trabajo de políticos honrados, que sin llegar a fin de mes se dejaron las pestañas en un proyecto de desarrollo (hasta el entonces alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, se dolió en un célebre artículo titulado «Madrid se va» de la pujanza de la capital en aquellos años) e indirectamente ayudaron con su esfuerzo a sentar a González, ya con un ático bajo sospecha sobre sus espaldas, en la Presidencia. La primera vez que alguien lo hacía en la Comunidad de Madrid sin ganar unas elecciones.

Para quien había liderado –en nombre de Aguirre– la «heroicidad» de hostigar al Rajoy más débil en el Congreso de Valencia de 2008, cualquier objetivo a derribar era pequeño. Y la proporción de los métodos, tanto daba. Todavía resuenan las carcajadas en la Puerta del Sol cuando se le escuchó denunciar que había sido espiado en un viaje a Cartagena de Indias mientras la policía investigaba que desde despachos contiguos al suyo se ordenaba hacer lo mismo con Manuel Cobo y Alfredo Prada. Con dinero público, of course. Sin un solo conocimiento financiero, quiso multiplicar por 30 su sueldo como presidente de Caja Madrid y Rajoy lo impidió. Quizá ese día el presidente, sin querer, le evitó engrosar otro sumario. Era tal su obsesión por las comunicaciones que algunos de sus consejeros contaron después que les ordenaba usar teléfonos prepago. Hoy sus propias llamadas son una mina para el juez. Continuará...

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