Cuenta con un primer ministro, Costa, razonable e integrador, en las antípodas del dogmatismo hirsuto de nuestro Sánchez
Cuenta con un primer ministro, Costa, razonable e integrador, en las antípodas del dogmatismo hirsuto de nuestro Sánchez - EFE

El milagro luso

Está demoda sugerir que Portugal va mejor que España. Ya, ya...

MadridActualizado:

PORTUGAL está de moda, y como simpatizante me alegro. Han hecho doblete con la Eurocopa y Eurovisión. Madonna y otras glorias de la farándula cosmopolita se han mudado a Lisboa, al calor de los saldos fiscales para los ricos foráneos y atraídos por el innegable encanto romántico de la capital, que mira a ese gran río –casi mar– que le falta a Madrid. Portugal ha remontado la crisis con gran mérito, después de partirse la crisma y acabar en manos de los drásticos cirujanos de la troika.

Bate su récord de turistas y de crecimiento. Cuenta con un primer ministro, Costa, razonable e integrador, en las antípodas del dogmatismo hirsuto de nuestro Sánchez. No es cursilería proclamar que Portugal es un país encantador. El desarrollo espectacular que vivió España desde los años setenta se llevó por delante el tiempo lento. También alimentó un urbanismo tocho y feo, de mal envejecer. En el país vecino los daños se amortiguaron, por la sencilla razón de que no hubo un bum equiparable. Por último, Portugal constituye una reserva occidental de buena educación. La cortesía es tal que los arrogantes españoles acabamos sonrojándonos.

Últimamente, especialmente desde la banda zurda, se está dando a entender que Portugal debe ser un espejo para España (ayer, por ejemplo, lo escribía una gran articulista en un periódico gallego). Pues bien, seamos francos, aparquemos por un instante el derrotismo tóxico: media una notable diferencia, pero a favor de España, más rica, variada y hasta más alegre y divertida.

Portugal es mucho más clasista, con una clase media más estrecha. La saudade continúa impregnando el carácter nacional, que no es precisamente una fiesta. La sanidad pública está en pañales frente a la española (y lo sé de primera mano). La productividad laboral cae, mientras que en España sube. La manera de trabajar es en general lenta e ineficiente, trabada por circunloquios y pamplinas innecesarias. El número de multinacionales no es comparable (el comercio luso está tomado por cadenas españolas). El PIB portugués es el número 56 del mundo. El español, el 17. Portugal creció el año pasado un 2,7, su mejor cifra del siglo, ¡un milagro!... España lleva tres años seguidos creciendo un 3%.

Portugal cuenta con edificios soberbios, por supuesto, pero ninguno de la magnificencia de las catedrales de Burgos y Sevilla, o del calibre de la Mezquita de Córdoba y la Alhambra. En cuanto a lo de que se come muy bien... En efecto, en los locales buenos, pero el estándar medio es mejor en España, con comidas además menos pesadas, que caen mejor. En vida callejera, tapeo y cachondeo huelga decir quién gana. ¿Turismo? Con una costa cortada a ras, las playas lusas son casi siempre un lío, cuando no te come el viento es el oleaje el que te impide nadar. Los servicios públicos y de emergencia funcionan mal, como evidencian de manera dolorosa los fuegos forestales.

Portugal tiene, eso sí, una gran ventaja: allí todos se sienten portugueses. Desconocen el virus de las taifas, la exótica fijación por romper en cachitos provincianos uno.