Editorial ABC

La mayoría silenciosa alza la voz

El conflicto separatista tiene desde ayer una vertiente de la que carecía: la cataluña muda e invisible ha recuperado el habla y las calles

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LA manifestación sin precedentes que ayer pidió en las calles de Barcelona recuperar el sentido común, es decir, respetar la Constitución y la unidad nacional de España, ofrece al Gobierno y a los partidos políticos no nacionalistas una nueva legitimidad para llegar a acuerdos entre todos ellos con vistas a frenar el proceso separatista. Fueran un millón o trescientas cincuenta mil las personas que respondieron a la convocatoria de Sociedad Civil Catalana, la movilización supuso la réplica precisa a los movimientos insurreccionales del separatismo catalán. El efecto inmediato de la manifestación de ayer es el establecimiento de un cierto reequilibrio en el foro público catalán entre nacionalistas excluyentes y no nacionalistas. Además, los medios extranjeros tendrán muchas dificultades para seguir hablando de Cataluña como sinónimo de independentismo. También para ellos la Cataluña de ayer en Barcelona había sido invisible, como para el resto de españoles. La internacionalización de la agenda separatista sufrirá una fuerte corrección ante gobiernos e instituciones extranjeras, principalmente porque el derecho a decidir ya no será visto como una reclamación del pueblo catalán, sino sólo del secesionismo.

La maquinaria propagandista del independentismo ha cuestionado el carácter catalán de la movilización de ayer, contando los autobuses y trenes que llegaron a Barcelona del resto de España. Lo que no entienden los secesionistas es que han reactivado un patriotismo español confiado a la tranquilidad de la democracia, pero que ya fue rescatado de su letargo días antes, sin ningún género de duda, por el discurso histórico del Rey. Cataluña es sentida como parte de España por la inmensa mayoría de los españoles. Las reglas del juego han cambiado y los independentistas no lo entienden, ni lo aceptan. Los no nacionalistas ya no están encapsulados en el corralito segregacionista construido por el sistema educativo, TV3, la Asamblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural. Y lo lógico es que reciban el apoyo que demandaban de sus compatriotas. A esto se le llama nación. Por otro lado, supone todo un sarcasmo que los separatistas se quejen de que los no nacionalistas pidan el respaldo del resto de españoles mientras ellos envían a sus «embajadores» como pedigüeños a mendigar apoyos a las puertas de las cancillerías europeas.

Lo que importa ahora es saber qué van a hacer el Gobierno, PP, Ciudadanos y PSOE para que el inmenso capital humano que ayer se acumuló en Barcelona por la igualdad de los españoles y la unidad de la nación no quede malversado por la inacción de uno y las tácticas partidistas de otros. De ellos depende que el 8-O se transforme en un cambio de ciclo o sea un episodio tan épico como efímero. El movimiento social que ayer se acreditó en Barcelona no es una realidad todavía consolidada. Debe recibir apoyo político e institucional para servir a futuros proyectos que impulsen un cambio estructural en Cataluña. Otros han asumido sus responsabilidades. El Rey cumplió su función como titular de la Corona y Jefe del Estado. Los catalanes «silenciosos» dejaron ayer de serlo. Pero los separatistas perseveran y persiste su agresión –no mera amenaza–, que puede hacer culminar su escalada anticonstitucional con la declaración unilateral de independencia mañana, en el Parlament, aprovechando la comparecencia de Carles Puigdemont.

Todo lo que está haciendo la Generalitat desde las instituciones autonómicas tiene claros y tangibles efectos políticos de máxima gravedad. Si no fuera así, sería poco comprensible el despliegue policial el 1-O o las decisiones de las principales empresas y bancos de sacar sus sedes de Cataluña. ¿Pasa algo o no pasa nada por el hecho de que la Generalitat sea desleal con la Constitución y el Parlament declare la independencia? Esta es la respuesta que debe darse a sí mismo el Gobierno, porque las sociedades catalana y española ya se la han respondido hace tiempo. Y el Rey, también.

El conflicto separatista tiene desde ayer una vertiente de la que carecía: la Cataluña muda e invisible ha recuperado el habla y las calles. Ahora el discurso contra el separatismo debe ser más beligerante si cabe porque hay un nuevo actor en liza que demanda protagonismo. Son las víctimas sumisas de casi cuarenta años de hegemonía nacionalista; víctimas de un sistema educativo sectario, de una manipulación informativa constante y de un señalamiento social. En Cataluña funcionó durante décadas la disyuntiva mafiosa de ser nacionalista o parecerlo. Ayer se hizo patente el fracaso histórico del nacionalismo: quiso silenciar a media Cataluña y no ha podido.

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