Un Lutero políticamente incorrecto

Resurge hoy la voluntad de manipular el pasado como lo hizo el nazismo

Hermann Tertsch
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Hasta en la muy católica Baviera proliferan. Los escaparates de las librerías en toda Alemania están repletos de portadas con su rostro. Se han publicado este año centenares de títulos. Es el «Lutherjahr», el año de Lutero. Se cumplen 500 años de aquel 31 de octubre de 1517 en que, según la tradición, aquel monje enfadado con Roma clavó sus 95 tesis en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg. Las tesis condenaban la vida licenciosa del clero, la avaricia y el mercadeo vistos en su viaje a Roma y lo que llamaba paganismo de la Iglesia. No cuestionaba aún la autoridad del Papa pero exigía un debate público sobre las reglas de la Iglesia que era una declaración de guerra. Y la hubo. Mucha guerra. Desde entonces hasta que se firmara la paz de Westfalia en 1648, Europa estuvo incendiada por la guerra de religión que desencadenaron aquellas ideas de reforma y la reacción de la contrarreforma de los defensores de la Iglesia católica y el Papado. Para Alemania, Lutero supuso mucho más que un reformador o un hereje. Su traducción de la Biblia y la épica de su lucha por el pueblo contra el poder y las creencias extranjeras lo convirtieron con el tiempo en esencia de la identidad nacional. Aunque algunos principados y reinos alemanes siguieron leales a Roma, protegidos por la gran fuerza católica de los Habsburgo en Viena, Lutero es la figura que más se acerca al héroe nacional alemán.

Los alemanes no han olvidado a Lutero. Pero en las conmemoraciones unos prefieren recordar unas cosas más que otras. Así llegó la discordia. El énfasis en el debate público giró hacia la célebre judeofobia de Lutero. Tanto que sectores de la iglesia protestante se opusieron. Muy en contra de sus hábitos. La iglesia luterana teme hoy tanto la intolerancia que nadie hay tan relativista y sumiso al «zeitgeist». El antijudaismo en Europa era común en el pueblo y en el clero. Grandes predicadores como Abraham de Santa Clara fueron furibundos agitadores contra los judíos. El problema de Lutero es que no es víctima solo de esa ridícula, peligrosa, necia y totalitaria tendencia a juzgar a personas y hechos del pasado con criterios y valores de la actualidad. Esa que lleva hoy a tanto fanatizado e ignorante, agitado por las modas izquierdistas de liquidación de la historia, a derribar estatuas de Pizarro, Colón, Jefferson o Rhodes.

El problema con Lutero es que su antisemitismo lo convirtió en el héroe absoluto del nacionalsocialismo. La celebración en 1933 de su 450 cumpleaños, con Hitler recién llegado al poder, sirvió para un inmenso despliegue de ceremonias y festejos que celebraron a Lutero como primer Hitler y a Hitler como segundo Lutero. Las banderas portaban la cruz gamada sobre la cruz cristiana. Eso aún pesa hoy en esa iglesia torturada por la mala conciencia. Una gran exposición en Berlín sobre la manipulación de la figura de Lutero bajo el nazismo se celebra en el museo de la «Topografía del Terror», donde estuvo el cuartel general de la Gestapo. Tan grotesco se antoja juzgar a Lutero por la manipulación de que fue objeto como intentar «explicar» el Holocausto a partir de Lutero. O pretender hacer de Lutero un espíritu tolerante y políticamente correcto. Hoy se ve en muchas universidades y en la calle en todo Occidente la misma voluntad que en la Alemania de 1933 de secuestrar el pasado para fines políticos actuales. Cierto que se toleran voces discordantes como no se toleraban contra la corrección política del nazismo. De momento. Pero bajo crecientes amenazas, cada vez menos y nadie sabe hasta cuándo.

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