Luna

Trump volverá a mandar hombres a la Luna en el contexto de una nueva carrera espacial contra China

David Gistau
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Hasta un astronauta favorito es posible tener. Para elegir el mío, dudé durante mucho tiempo entre Alan Shepard y James Irwin. Ambos procedían de esa casta de pilotos de pruebas y de combate que entraron en la carrera espacial con un espíritu temerario y competitivo que simbolizó el de su nación, capaz de todo. Es posible conocerlos en dos libros, el célebre de Tom Wolfe y la parte de las memorias de James Salter que alude a sus experiencias como aviador graduado en West Point y forjado contra los MIG en Corea. Además de saberse tardío, Salter no se sintió lo bastante bueno como para intentarlo: sus lectores ganamos al novelista.

La importancia de lo que consiguieron esos hombres en plena Guerra Fría, teniendo además que remontar el gol de Gagarin, se aprecia en el hecho de que, durante mucho tiempo, cuando hasta los cronistas deportivos querían cantar las gestas de un atleta único en lo suyo, decían que había impreso una primera huella en la Luna. Lo dijo Mailer de Alí. Resulta degradante que esa noción de la proeza y la superación haya terminado, en nuestros tiempos, depositada en los retos de los paracaidistas y los aviadores de Red Bull cuya posteridad es el libro Guinness.

Ni Shepard ni Irwin, mis astronautas, dejaron una primera huella. Ésa es de Armstrong y opacó todas las siguientes. Un primer paso comparable a aquel otro precedido por una noche en la que se oyó pasar pájaros. Privados de la primera vez, Shepard e Irwin tuvieron que caracterizarse de otro modo. James Irwin volvió del espacio alucinado, dijo haber entrado en contacto con Dios ahí arriba y haber recibido de él un encargo. El resto de su vida lo dedicó a buscar el arca de Noé, obsesión a la que Julián Barnes dedicó una de sus diez historias de la humanidad. Alan Shepard, más competitivo que místico, más escocido por la inmortalidad de Armstrong, decidió aprovechar la ingravidez para sacar un palo de golf y una bola y permanecer en los anales como el autor del «swing» más largo de la historia. Elegí como favorito a Shepard porque me gustan su frivolidad y ese sentido deportivo con el que llevó al cosmos una típica apuesta de club. Me recuerda la escena final de «Space Cowboys» en la que, mientras suena el «Fly Me To The Moon» de Sinatra, un viejo cosmonauta que en los años sesenta se perdió la oportunidad de salir con un Apolo espera la muerte contemplando la Tierra y sentado a gusto como en una playa. Sólo le falta el mojito.

Estas nostalgias de lo no vivido me han sobrevenido hoy con el anuncio de que Trump volverá a mandar hombres a la Luna en el contexto de una nueva carrera espacial contra China. Nadie pisará aquella desolación por primera vez y tampoco la sociedad actual se dejará asombrar por verlo hacer. El pretexto, además, es muy prosaico: la minería. Pero, entre esto, los espías y la nueva adjudicación a Rusia del papel de malevo planetario, se nos está poniendo todo de un «revival» de la Guerra Fría que me entusiasma.

David GistauDavid GistauArticulista de OpiniónDavid Gistau