José María CarrascalSeguir

Luces y sombras de la inmigración José María Carrascal

«Expongo sin ambages mi opinión: considero positiva la inmigración. Trae nueva sangre, nuevas perspectivas a un país y a sus habitantes. Lo renueva, le saca de la rutina y de la molicie. Los países y pueblos que se han encerrado en sí mismos han terminado en la endogamia física y mental, en el ombliguismo improductivo, en el desconocimiento del mundo y de su evolución, lo que les condena al fracaso en la escena mundial»

Luces y sombras de la inmigración

Cuando usted lea esta Tercera de ABC, conocerá si Geert Wilders va camino de convertirse en primer ministro de Holanda o no, con repercusiones en Francia y Alemania, donde la derecha ultranacionalista también ha hecho importantes avances y tendrán lugar las próximas elecciones. Lo que quiere decir que todos los europeos nos jugamos algo, o mucho, en esos comicios. Lo que no sabremos es cómo terminará el cruce de invectivas entre los Gobiernos turco y holandés. Y menos todavía sabremos cómo va a terminar el problema de fondo, la inmigración, tal vez por no tener otra salida que la ofrecida por el tiempo que, dicen, lo cura todo, el amor incluido. ¿Y la aversión?

Pues se trata de eso, de la oleada de inmigrantes asiáticos y africanos que huyen de las condiciones de vida en sus países hacia lo que para ellos es un paraíso de bienestar y seguridad: Europa. Ha sido también el detonante de esta crisis: el presidente turco Erdogan, interesado en una reforma constitucional que le da poderes casi absolutos, envió a Holanda a dos ministros para promoverla entre los turcos que allí residen. El Gobierno holandés se lo impidió. La reacción de Erdogan fue llamarle "nazi fascista" y advertirle de que "lo pagará caro", aunque una ley turca, firmada por él, prohíbe hacer propaganda electoral en el extranjero. Pero se ha traspasado la línea de la diplomacia e incluso de la política. El liberal Mark Rutte, primer ministro holandés, le ha respondido que "no se someterá al chantaje", ganando respaldo popular. Si ello le salva en las urnas lo sabrán, como dije, ustedes.

Pero de lo que quería hablarles era del problema de fondo, uno de los más acuciantes de nuestro tiempo: el de la inmigración masiva, que afecta a todos los países europeos, incluidos los hasta ahora exportadores de emigrantes, que han sido todos, el nuestro incluido, en un momento u otro de su historia. Y, para empezar, expongo sin ambages mi opinión sobre el asunto: considero positiva la inmigración. Trae nueva sangre, nuevos brazos, nuevas perspectivas a un país y a sus habitantes. Lo renueva, le saca de la rutina y de la molicie. Los países y pueblos que se han encerrado en sí mismos han terminado en la endogamia física y mental, en el ombliguismo improductivo, en el desconocimiento del mundo y de su evolución, lo que les condena al fracaso en la escena mundial. Hay infinidad de ejemplos en la historia y tal vez el más sonado sea el de Esparta, que pese a sus victorias bélicas, no pudo competir en creatividad y herencia con una Atenas infinitamente más abierta. También lo fue Roma, que de un villorrio al lado del Tíber se convirtió en paradigma de los imperios, pues no sólo se expandió por buena parte del mundo conocido, sino también lo civilizó, le dio un derecho que aún se estudia y, lo más importante, la ciudadanía romana a sus habitantes, algo que no ha hecho ningún otro imperio. Y ya que hablamos de Roma, lo aprovecho para abordar la otra cara de la inmigración. He expuesto sus ventajas, su modernidad, su impulso. Pero nada hay perfecto en este mundo. There is no free lunch, no hay almuerzo gratis, dicen los norteamericanos, hay que pagar por todo, la inmigración incluida. Tienen que pagar tanto los inmigrantes como quienes los acogen. Estos, aceptando gentes distintas; aquéllos, adaptándose al país de acogida. Fue san Ambrosio, originario de Milán, quien sentenció Si fueris Romae, romano vivito more, Cuando estés en Roma, vive al modo romano, que la tradición y el uso han convertido en "En Roma, sé romano". Sin duda alguna, los inmigrantes deben gozar de los derechos que tienen los ciudadanos del país de acogida, cualquier discriminación será no ya inmoral, sino punible. Tienen también derecho a continuar sus usos y costumbres en el ámbito privado. Lo que no pueden, pienso, es intentar cambiar las normas de la sociedad en la que se han instalado. Ni, menos todavía, violarlas. No ya por ser ilegal, sino por llevar indefectiblemente al choque entre los autóctonos y los foráneos. Que es lo que está ocurriendo en buena parte de los países europeos, sobre todo en los pequeños, cuya población teme ser aplastada por el tsunami que llega. Piensen que en la pequeña Holanda hay 400.000 turcos. A los que hay que añadir el resto de los llegados de El Magreb y el Oriente Medio. Cuando oí de un partido xenófobo en Holanda me extrañó, al tratarse de una de las naciones con mayor tradición de acogida en Europa. Piensen que hasta Descartes se refugió allí cuando temía que sus opiniones podían traerle problemas con las autoridades eclesiásticas francesas. Hoy, sin embargo, Geert Wilders puede ser su primer ministro. Como Marine le Pen en Francia. Incluso en Alemania, donde el recuerdo de Hitler frena partidos de este tipo, crece una Alternativa para Alemania, de corte claramente xenófobo. Y no hablemos ya de Europa Oriental, cuyos gobiernos no se han andado con chiquitas y cerrado herméticamente sus fronteras a la oleada de refugiados.

Una Europa envejecida necesita para sobrevivir a niños y jóvenes tanto o más que esos refugiados necesitan un país donde poder labrarse un futuro para ellos y sus hijos. Pero para eso se requiere acoplamiento. Ceder unos y otros. En mis años berlineses, a mediados del siglo pasado, comenzaron a llegar los primeros turcos. Bastantes siguen en el barrio de Kreuzberg, con su idioma y costumbres. Un alemán me dijo entonces algo que me hizo gracia: "Con vosotros, los españoles, como con los italianos, que sois cristianos, bebéis vino, coméis carne de cerdo, kein problem". Hoy entiendo lo que quería decir. Mi ida a Estados Unidos me ha impedido estimar el grado de asimilación de los inmigrantes mahometanos allí. Supongo que serán bastantes los integrados. Como también los que no lo han hecho. Un problema que no hace más que aumentar, al sentirse los unos discriminados y los otros amenazados. Las buenas intenciones no bastan. De poco sirve acogerlos si no se integran. Me dirán que tienen derecho a conservar su religión, sus usos, su estilo de vida incluso, y lo aceptaré. Pero en la esfera doméstica y sin violar las normas del país huésped. ¿O acaso debe tolerarse la ablación por ser una práctica en el Islam? El uso del velo está en la zona límite: ¿se trata de un derecho de las mujeres a vestir como les apetece o de una imposición religiosa que muestra su papel social secundario? De ser lo primero, queda avalado. De ser lo segundo, les haríamos un favor prohibiéndolo. La polémica está servida.

Hoy sólo me queda señalar la suerte que tenemos en este terreno. Buena parte de nuestros inmigrantes son hispanos. Tienen nuestra lengua, nuestra religión, nuestras costumbres, nuestros vicios y virtudes, que algunas sí tendremos. Quiero decir que, como entre alemanes, españoles e italianos, no existe el foso entre nativos e inmigrantes de países con otra religión y cultura. Pero me da la impresión de que no lo apreciamos, tomando como toman los trabajos que nosotros evitamos en lo posible y peor pagados. Lo más triste es que bastantes de ellos, si reúnen el dinero suficiente para abrirse paso en su país, se marchan. No sabemos lo que perdemos. Como tantas cosas. Pero ésa es otra historia. ¿O es la de siempre?

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