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Arash Arjomandi

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Aristóteles sostiene que la excelsitud se alcanza cuando logramos ajustarnos al punto equidistante entre dos extremos: la carencia y el rebasamiento

Arash Arjomandi - @abc_es - Actualizado: Guardado en: Opinión

Las rentrées son siempre ocasiones propicias para meditar sobre los requisitos necesarios en la persecución de nuestro punto de mayor eficacia y rendimiento. Los griegos denominaban excelencia a ese momento álgido.

Aristóteles es en esto genial, como en tantos otros asuntos que todavía hoy nos atañen. Sostiene que la excelsitud se alcanza cuando logramos ajustarnos al punto equidistante entre dos extremos: la carencia y el rebasamiento. Y determina una maravillosa regla práctica para saber encontrar ese punto medio.

La equidistancia con respecto del exceso y del defecto nunca se puede determinar de forma a priori; es decir, no hay una teoría general y universal, al estilo kantiano, que la identifique. Es cada situación concreta la que nos aporta los datos empíricos necesarios para poder cifrar esa actitud medianera, que, por serlo, constituye la opción más excelsa, óptima.

Es cada circunstancia particular que la realidad fáctica nos presenta en cada momento, y en la que nos vemos inmersos, la que nos va a determinar el punto de equilibrio que haga que nuestra acción arroje un resultado excelente, un alto rendimiento práctico.

¿Pero cómo realizar tal cálculo de óptimos si no tenemos una regla teórica para ello? Aristóteles nos da la respuesta: nos aporta un algoritmo práctico para poder identificar, en cada caso, nuestra mejor opción, a igual distancia entre la deficiencia y la extralimitación.

Aplicando ese protocolo, nuestra decisión y actuación incorporará siempre los dos componentes de la realidad: el universal, independiente de condiciones, situaciones y personas concretas; y el singular o casuístico. La genial pauta descubierta por Aristóteles combina ambos factores. Por un lado, presenta una regla general, a priori, que nos define la optimación de todo comportamiento en cualquier circunstancia; a saber: el distanciamiento simétrico relativo a la elección absolutamente excesiva y a la opción del todo insuficiente. Por otro, nos enseña que esas dos posibilidades extremas sólo las podemos identificar por medio de los rasgos específicos que cada inexorable circunstancia de la vida nos proporciona.

El ejemplo paradigmático que, a este respecto, nos aporta Aristóteles es el de los casos en que nuestra acción se debate entre el riesgo o el conservadurismo. La elección óptima, excelente, de máximo rendimiento práctico, es en todos esos casos, hoy como ayer, aquella que evite, a un tiempo, dos extremos: la cobardía y la temeridad. Es imposible fijar de antemano qué actitud puede ser caracterizada de excelente por valerosa; sólo en cada situación particular, atendiendo a las circunstancias específicas que la realidad fáctica nos arroja, podemos disponer de los datos para hacer ese cálculo optimizador. Si localizamos, por un lado, la situación de mayor riesgo e identificamos, por otro, la actitud máximamente conservadora, nos damos cuenta de que no es tan difícil encontrar el punto medio entre ambos extremos. Aristóteles lo denomina valor: ni audacia temeraria ni cobardía temerosa.

Acorde a la reanudación de nuestras actividades en estos días, puede ser pertinente un ejemplo esquemático pero clarificador: el del profesional que debe tomar la decisión estratégica de apostar por una única línea de trabajo (llamémosle A, que le aporta, pongamos por caso, el 80% de su rendimiento actual); o, por el contrario, potenciar sus otras producciones (de tal modo que ese 80% de beneficio le provenga del sumatorio de las demás), diversificación que le exigiría una mayor inversión de recursos y tiempo que, en aras de la rentabilidad, debería financiarse con las ganancias procedentes de A. La decisión excelsa, más eficiente, o de mayor rendimiento, sería, en esta circunstancia, evitar ambos extremos: mantener sólo aquellas líneas de trabajo y servicios que, en el supuesto del fracaso de A, y consecuente aumento de gastos no reabsorbibles por ésta, sumen juntas el mismo beneficio neto que reportaría A en solitario. Ese punto de excelsitud es, en efecto, un punto medio, pues se separa tanto de la temeridad (el aumento de los beneficios por la vía de la eliminación de la diversidad de gastos, apostando sólo por A) cuanto del temor conservador que llevaría a reducir el rendimiento al tener que destinar, preventivamente, recursos a la diversificación. En un caso, el exceso se debe a la ceguera ante los riesgos. En el otro, el defecto reside en convertir la precaución en un fin.

Este planteamiento puede ser aplicado, ciertamente, a cualquier ámbito o faceta de nuestra acción. Su interés reside en que determina la excelencia de ser en términos de su relación con respecto de dos tipos de no ser, pues como bien saben los matemáticos, toda distancia topológica es una sustracción, una resta. Ser excelente, ser virtuoso, es diferenciarse o sustraerse de un «ya no es» y de un «todavía no es». Es la falta de ser, por haber sobrepasado sus límites o por no haberlo alcanzado aún, lo que nos hace posible conocer donde se ubica exactamente el punto máximo de ser, la plenitud, la eficiencia, el punto de mayor rendimiento ontológico.

Arash Arjomandi es filósofo y profesor de la EUSS (UAB)

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