Juguetes rotos

El futuro se ha acabado para Cristina Cifuentes y me parece que hay algo injusto y trágico#en su final

Pedro García Cuartango
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No tengo ninguna duda de que la obligación de la prensa es denunciar la corrupción y los comportamientos no ejemplares de los dirigentes políticos. Pero me pregunto si es lícito moralmente difundir un vídeo como el que muestra a Cristina Cifuentes hurtando dos tarros de crema en un supermercado.

En primer lugar, porque esa grabación se tomó sin su permiso y su finalidad no era hacerla pública sino acreditar una mala práctica. En segundo lugar, porque no hay proporcionalidad entre la conducta y el terrible daño que provoca su difusión. Y, en tercer lugar, porque se produce una violación de la intimidad, a la que también tienen derecho los malhechores.

Cuando vi ayer las imágenes a las ocho y media de la mañana, sentí pena y consternación por la presidenta, ya que era consciente no sólo de que no tenía otra salida que la dimisión sino también porque sabía que iba a quedar estigmatizada durante lo que le resta de vida.

En nuestro país, un político puede resistir las acusaciones de corrupción o nepotismo, puede sobrevivir a una debacle en las urnas o puede salir indemne de una mala gestión. Incluso puede soportar que se le reproche haber obtenido un título universitario gracias a un favor. Pero una grabación como la que vimos ayer acaba no sólo con una carrera sino que además marca con el sello imborrable de la ignominia a quien incurre en esa conducta.

Desde hoy, Cristina Cifuentes es un juguete roto, una persona que no va a poder salir a la calle sin sentir la mirada de rechazo o estupor de quienes se crucen con ella. Ha sido condenada a una pena peor que la cárcel, que es esa estigmatización permanente con la que tendrá que aprender a vivir.

Hay muchos políticos, banqueros, jueces y periodistas que, cuando se miran al espejo tras levantarse de la cama, ven reflejada la imagen de su poder y el temor o la admiración que suscitan. Esas personas acaban por confundir lo que son con el papel social que representan. Su autoestima depende del cargo que ocupan y de la importancia que le conceden los demás.

Me parece que Cristina Cifuentes había incurrido en este error y, por eso, va a sufrir mucho en los próximos meses cuando el teléfono deje de sonar y el espejo le devuelva la imagen de una profunda soledad.

Y es que la política es extremadamente cruel. He visto a ministros de los que hoy nadie se acuerda y cuyo principal pasatiempo es leer el periódico en el banco de un parque. Y a otros que no pueden soportar la pérdida de la púrpura y que se consuelan diseñando planes imaginarios para arreglar España. Es muy difícil aceptar que uno es un ciudadano anónimo cuando se ha tenido poder, fama y gloria.

El futuro se ha acabado para Cristina Cifuentes y, por muchos errores que pueda haber cometido, me parece que hay algo injusto y trágico en su final. Merecía, como cualquier ser humano, un poco de compasión que se le ha negado. Georges Simenon decía que es más importante comprender que juzgar. Y tenía razón.

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