José María Carrascal

Juegos peligrosos

Esto pasa cuando se acuesta uno con niños: que húmedo se levanta

José María Carrascal
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Parecen niños jugando a quién tiene el mejor juguete. Trump lanzando la madre de todas las bombas. Putin presumiendo de tener el padre de todas ellas. Kim Jong-un exhibiendo su misil balístico intercontinental. Y lo peor es que Kim está dispuesto a usarlo. El vástago de una dinastía que lleva medio siglo sometiendo a su pueblo a hambrunas interminables, a la privación absoluta de la libertad y a desafiar incluso a sus protectores –los chinos– para convertirse en gran potencia es capaz de lanzar ese misil, como ha advertido. Así que ya puede andarse con cuidado la fuerza de ataque naval, con portaaviones y todo, despachada por Trump hacia aguas norcoreanas, porque puede reducir a escombros aquel pequeño país y alguno de sus misiles puede fallar, como ocurrió en la prueba de ayer. Pero otro puede caer sobre Honolulu. O sobre Corea del Sur. O sobre Japón. Hasta, sobre Los Ángeles. Ese gordito que parece salido de un comic no se anda con bromas. Incluso da la impresión de que sueña con medirse con los Estados Unidos. Y lo más grave de todo es que en Estados Unidos le ha salido un rival a su medida, un presidente errático, imprevisible, que confunde la escena política con los platós de televisión, que gobierna a base de tweets, y cambia de aliados tanto como de enemigos. Es verdad que ganó las elecciones. Pero los norteamericanos, en su afán de cambio continuo, han elegido presidentes a personajes como Jimmy Carter, que cuando le presentaron un plan para liberar a los rehenes en su embajada en Teherán, lo vetó al oír que los guardianes no eran soldados regulares sino guardias revolucionarios y los paracaidistas encargados de liberarlos tendrían que matarlos. Bueno, pues Donald Trump es justo lo contrario: él no se meterá en ninguna acción si no hay bastantes muertos. La verdad es que sujetos como estos hacen desconfiar de las bondades de la democracia y de la sabiduría de los pueblos para elegir líderes. Pero la dinastía Kim nos advierte que las dictaduras, sobre todo las hereditarias, son aún peores.

En cualquier caso, aquí estamos el resto, meros espectadores del juego de unos adolescentes con capacidad para barrer millones de vidas. Se han cumplido los peores presagios: Trump no sigue las instrucciones de sus consejeros más experimentados, sino que les obliga a poner en práctica sus ideas más descabelladas. Empezó diciendo que no comprometería tropas norteamericanas en el extranjero, y sin darse cuenta, está al borde de una guerra nuclear. Prometió llegar a un acuerdo con Rusia para acabar con el Estado Islámico, y está enfrentado con Rusia y con el Isis. Dio a entender que no le importaría que Al Assad siguiera en el poder, y pide a Putin que le ayude a desalojarlo. ¿Pero qué clase de política exterior es ésa? ¿Quién puede fiarse de un hombre que actúa en el Despacho Oval como en el show "¡Está despedido!". Alguien tendrá que recordarle que la guerra de Siria no se acaba con la eliminación de Al Assad, como la de Irak no se acabó con la eliminación de Sadam Hussein ni la de Libia con la de Gadafi, porque esas guerra son tan antiguas que se remontan a la muerte de Mahoma, cuando los familiares se disputaron su herencia, iniciando una guerra entre chiíes y suníes que dura hasta nuestros días. Y, de paso, podría decirle que el único contrapeso al islam radical, de la yihad, la guerra santa, es el ejército; el ejército del propio país, porque si es un ejército extranjero, sobre todo occidental, la población se alzará contra él, siendo imposible domeñarla. Ahí tienen a los soldados norteamericanos luchando todavía en Afganistán, en Irak, ¿quiere también tenerlos en Siria? Pero esto pasa cuando se acuesta uno con niños: que húmedo se levanta.

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