Jon Juaristi

Instituciones

Una política sin instituciones equivale a «la política por otros medios» (esto es, a la guerra civil)

Jon Juaristi
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Carlos Fernández Liria sostenía (hace tres semanas) que Podemos es la fuerza política más comprometida con la defensa de las instituciones democráticas, hoy «ocupadas y anegadas» y por tanto incapaces de cumplir sus funciones. Eso lo decía antes de la rectificación de Vista Alegre y de que Iglesias lo desautorizase personalmente. Lo de «ocupadas y anegadas» lo repetía Fernandez Liria como un mantra, sin concretar por quiénes ni por qué materia líquida.

La ideología de Podemos es un conjunto de mantras que responden a los vaivenes de sus capillas, con perdón. Recuerda bastante al maoísmo, con la lírica de las mil flores, de las mil escuelas de pensamiento y del tratamiento de las contradicciones en el seno del pueblo. En realidad, los mantras maoístas se acuñaban para justificar las purgas interiores del Partido Comunista Chino. Desde que éste llegó al poder sustituyó a un Estado ya destruido por la guerra civil y la invasión japonesa, de modo que las instituciones se quedaron en mero simulacro, «ocupadas» por la burocracia comunista y «anegadas» por las sangrientas contradicciones en el seno del PCC.

En su escalada hacia el poder, todos los movimientos totalitarios han comenzado por destruir las instituciones del Estado (aparentemente, se trata de ocuparlas; pero el objetivo es sustituirlas, convertir el partido totalitario en Estado). El primer paso consiste siempre en desacreditarlas. O bien se las estigmatiza como «ocupadas» y «anegadas» o como «corruptas», destino inevitable de las instituciones del Estado de Derecho, que en la ideología comunista sólo son el instrumento mediante el cual ejerce su dominio, como su nombre indica, la clase dominante.

El acoso a las instituciones y su consiguiente descrédito se ha asumido alegremente por la socialdemocracia como un aspecto inseparable de la crisis permanente de legitimación del Estado en las democracias liberales. Esta crisis, debidamente modulada, constituye el verdadero factor que depara a las izquierdas los triunfos electorales, de manera que no tienen, los socialdemócratas, la intención de combatir el descrédito institucional, sino la de gestionarlo según más les convenga. Un ejemplo muy claro es el del sistemático descrédito de los cuerpos policiales (que describió magistralmente hace veinte años, para el caso del Royal Ulster Constabulary, Conor Cruise O’Brien). Los cuerpos policiales desacreditados son fácilmente neutralizables. Esta pasada semana, Bildu ha organizado concentraciones contra la tortura ante las comisarías de la Ertzaintza, lo que ha motivado la protesta interna de uno de los partidos de la coalición, Eusko Alkartasuna (algunos de cuyos dirigentes, como el ex lehendakari Garaikoetxea, tuvieron un importante papel en la creación de la policía autonómica). Alegaban los de Eusko Alkartasuna que no se puede responsabilizar a la Ertzaintza de torturas perpetradas en el pasado por las policías del Estado.

Pero la gracia del asunto consiste en que, desde la oposición, los movimientos totalitarios no acosan a una policía en concreto, sino a todos los cuerpos policiales (cuando los totalitarios toman el poder, se apresuran a crear su propia policía de partido, una policía política). Y lo que en el pasado valía para el Cuerpo Nacional de Policía y para la Guardia Civil vale hoy para la Ertzaintza, pese al berrinche de los chicos de Garaikoetxea. Todo ello coincide (y no por casualidad) con la gran movilización convocada en Francia por la extrema izquierda y el magma antirracista contra una policía que resulta ser, hoy por hoy, la única barrera entre la población francesa y el terrorismo islámico.

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