Uy Inglaterra...

No dan una desde que abrazaron el glorioso Brexit

Actualizado:

Ayer entró en liquidación súbitamente una de las mayores empresas inglesas, la venerable Carillion, que había nacido en 1903. La implosión de la firma deja en el alero los empleos de 20.000 británicos (más otros 28.000 más en el resto del mundo) y también su fondo de pensiones. La compañía era un coloso de la construcción y los servicios y un contratista de cabecera del Gobierno británico. Los capilares de Carillion irrigaban toda la vida del país: mantenimiento y comidas de hospitales, escuelas y cuarteles; varias autopistas a su cargo, un tercio del contrato para construir el tren de alta velocidad entre Londres y Birmingham (donde los ingleses no quisieron saber nada de las competentes firmas españolas que concurrieron). Carillion regentaba incluso cincuenta cárceles. Demoras en la ejecución de varios proyectos hundieron los beneficios y la acción, hasta que ayer todo se fue al garete. El Gobierno, que se ha negado a rescatarla, ha recibido duras críticas por seguir otorgándole contratos cuando ya se veía que naufragaba. Otras empresas, incluidas algunas europeas, como la francesa Eiffage, aspiran a ocupar el hueco que deja.

Que Carillion quiebre ahora, un año y medio después del glorioso referéndum sobre la UE, festejado por los hooligans brexiteros como «El día de la Independencia», puede ser una casualidad (o no). Pero lo cierto es que Inglaterra -corazón y ejecutora del Brexit- no da una desde aquella decisión. La divisa se ha desplomado, encareciendo la cesta de la compra y las soleadas vacaciones en España. La fuga de empresas al continente ya ha comenzado. Si la City, la médula del país, no logra el pasaporte europeo, lo cual parece complicado, aquello quedará como un erial a medio plazo. El Gobierno de May es una verbena, con la herida europea supurando. Ni siquiera tienen clara a estas alturas su propuesta de acuerdo con la UE. Eso sí, los ingleses conservan su flema posimperial. Con una jeta de hormigón armado, un par de ministros acaban de escribir en la prensa alemana reclamando a los teutones un traje a su medida, que permita al Reino Unido soplar y sorber a un tiempo: dar un portazo a Europa, pero seguir gozando de sus ventajas.

El error que han cometido los ingleses es sencillísimo: han creado un problema donde no lo había por un mero prurito sentimental, arrollando toda lógica. Perplejos por la resaca de la crisis y las novedades de la globalización, como le sucede a todo Occidente, han buscado un chivo expiatorio: el paquidermo burocrático bruselense. El logo era tan ramplón como eficaz: somos el mejor país del mundo, pero estamos subyugados por Bruselas, en cuanto nos liberemos, esto será otra vez la tierra de la leche y la miel. ¿Les suena? En efecto: es exactamente la misma melodía del delirio separatista catalán. Calculo que los ingleses, una «nación de tenderos», como decía Napoleón para denigrarlos -yo creo que en realidad es un elogio-, recularán si el bolsillo sigue dándoles malas noticias. ¿Y los catalanes? Ahí el adoctrinamiento de tres décadas de nacionalismo ha sido tan sistemático y eficaz que hay dudas de que al final se bajen del ovni de Puigdemont.