La Tercera

La indignación

«La prerrogativa emocional que permite que la injusticia se haga carne no entiende de filiaciones políticas, ni está siempre disponible para usos partidistas. Por el contrario, ni la indignación puede ser inducida, ni el poder de convicción de la razón visceral podrá sustituir jamás las cualidades demostrativas del razonamiento»

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Probablemente no haya una pasión que haya marcado tanto los acontecimientos políticos recientes como la indignación. Los movimientos sociales del 15-M la hicieron suya, y todavía hoy sigue invocándose para hacer referencia a una experiencia que parece reflejar, en la teatralidad de los gestos y en la contracción de las vísceras, una denuncia imparable. Bajo el paraguas de la indignación han crecido algunos de los jóvenes políticos españoles; al amparo de sus aspavientos hemos visto, todavía los vemos, una proliferación de muecas y mohínes, una violencia expresiva propia de quien quiere hacernos creer que la verdad les sale del pecho, que no solo la conocen, sino que también la exudan. La historia más reciente no podría escribirse sin el concurso de esta gestualidad vehemente que ha cambiado la retórica de la política. Como un huracán que no abate, la indignación parece convertirse en la garantía del derecho y en la piedra del escándalo. Por sí sola, ha querido dirigir el conjunto de la vida política, amparándose en la legitimidad que otorga su generoso padecimiento.

Las virtudes de esta pasión democrática provienen, sin duda, de tradiciones milenarias. En su Ética a Nicómaco, Aristóteles la consideró un estado del alma relacionado con la fortuna o infortunio de los otros, antes que con nuestros propios deseos o necesidades. A medio camino entre el sufrimiento que produce la contemplación de los bienes ajenos y la felicidad que desencadena en algunos las desgracias que padecen otros, el filósofo griego la concebía como una pasión que, si bien podía cultivarse para el correcto ejercicio de la virtud, brotaba de manera espontánea ante la falta de correlación entre los bienes de algunos y sus merecimientos. Antes como ahora, el cuerpo indignado se convertía en el principal testigo de un crimen que exigía denuncia y reparación. Miradme, -dice el indignado: «Mirad mi rostro y mi expresión inflamada, mis ojos desorbitados, mi rostro enrojecido, casi colérico».

Al contrario que el amor, que podía fingirse, o de la envidia, que podría ocultarse, la indignación siempre ha disfrutado de las prerrogativas de un régimen de transparencia que confiere un aura de bondad a quienes la proclaman. La cualidad corporal expresa y se deja sentir como una prerrogativa de una verdad que, al pertenecer por entero al cuerpo, ni miente ni disimula. Se trata, al menos en principio, de una pasión sincera, honesta y justa. Lejos del orgullo y del egoísmo, el indignado, como el compasivo, se ocupa de lo que les ocurre a otros. En ambos casos, la pasión adquiere tintes cristológicos. La medida de la injusticia ajena se vive en las carnes propias; más aun: es justamente la expresión simbólica del dolor en uno mismo la que permite cuantificar la magnitud de la injusticia en los otros. Como el llanto desconsolado ante la desgracia ajena, la indignación no puede renunciar a la denuncia. Su estado no proviene del interés, sino de una generosidad natural, orgánica, que convierte el cuerpo en un tabernáculo altruista. Se sostiene sobre un juicio previo, sobre una opinión visceral, que ya sea bajo la forma de la denuncia o del encausamiento, pretende poner orden en la injusticia percibida. En la retahíla de gestos o de muecas no hay lugar para ningún programa político. Se trata, al contrario, de una experiencia involuntaria, que no puede ni provocarse en uno mismo ni paliar sus efectos en los otros.

Los filósofos latinos tradujeron la indignación aristotélica con la palabra latina invidia. Al mismo tiempo, reservaron indignatio para dar cuenta de una figura retórica propia de los discursos penales. La indignatio, escribía Quintiliano, consistía en impedir que lo extraordinario pasara por normal. Ante un caso de homicidio, por ejemplo, el orador debía dirigirse a los jueces apelando a sus emociones y no a sus razonamientos, de modo que la presencia del cadáver pudiera tener una influencia sobre las circunstancias del crimen. Cuando el filósofo francés Stephane Hessel escribió su Indignez-vous en 2010, su propuesta guardaba muchas más similitudes con la figura retórica descrita por Quintiliano que con la experiencia pasional del mundo griego. El nonagenario se dirigía a los jóvenes pidiéndoles que tomaran el relevo de la resistencia patriótica a través del arma de la indignación. Olvidaba Hessel que la indignación no puede producirse a voluntad en uno mismo, aunque sí sea posible contagiarla en los otros, mostrándoles, en el mejor de los casos, la desproporción entre los méritos y los merecimientos, la hipocresía de los usurpadores o la desvergüenza de los corruptos.

La indignación, que atraviesa la historia entera de la humanidad, ha adquirido tintes epidémicos, lo que en cierta medida contrarresta la fuerza que acompaña su vehemencia. Por un lado, la cantinela del permanente indignado no deja de ser una mera puerilidad, parecida al ejercicio absurdo del niño que llora a todas horas. Puesto que la indignación admite denuncias de muy distinto tipo, no cabe tampoco situarla en uno solo de los espectros políticos, ni convertirla en la piedra miliar sobre la que construir un programa de denuncia partidario. La indignación de la Restauración borbónica ante Napoleón, a quien llamaban el usurpador, no es menor que la que sintieron muchos de los seguidores del emperador ante su exilio en Santa Helena. Más importante, si cabe, es recordar que mientras la indignación se construye sobre la vehemencia, no debería tener nada que ver con el delirio. El uso político de las pasiones, inevitable por otro lado, no puede hacernos perder de vista que la fuerza expresiva de la indignación depende por entero de su capacidad para reflejar una injusticia real y no una meramente imaginada. La circunstancia de que las mismas venas se hinchen ante lo verdadero y ante lo falso tal vez no debería preocupar a quienes quieran hacer de la política un coloquio de ladridos e imprecaciones, un simple juego de gestos y de gritos, pero debería preocupar a todos aquellos que quieran sentirse indignados por la injusticia flagrante, la corrupción, la usurpación o el desmerecimiento. Aquí, como en otros muchos casos, la razón visceral, inevitable, no puede atribuirse capacidades de las que carece o misiones que no le son encomendadas.

La indignación, involuntaria, como expresión corporal de la injusticia, de lo excepcional que no puede hacerse pasar por cotidiano, no contiene en sí misma las pruebas de su propio relato. Capaz de persuadir, desde luego, no puede convencer. Para esto último tendrá que presentar pruebas y aducir razones. La vena hinchada y el puño cerrado servirán para ganar adeptos entre los incautos, de muchos bandos distintos, pero, por sí mismos, no garantizan nada. La pretensión al mismo tiempo heroica y espuria que convierte el ardor emocional en prueba de la verdad no carece de connotaciones infantiles. Tan manido ha quedado el ardid, que empieza a cambiar de bando. Después de todo, la prerrogativa emocional que permite que la injusticia se haga carne no entiende de filiaciones políticas, ni está siempre disponible para usos partidistas. Por el contrario, ni la indignación puede ser inducida, ni el poder de convicción de la razón visceral podrá sustituir jamás las cualidades demostrativas del razonamiento.

Javier Moscoso es filósofo y miembro del Instituto de Historia del Consejo superior de investigaciones científicas