La impunidad como condena

Los españoles deben imponer el castigo tanto al golpismo como al terrorismo

Hermann Tertsch
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El niño que jamás ha recibido un castigo real tiene muchas papeletas de conocer la cárcel como adulto. La sociedad que se acostumbra a que los delitos queden impunes sucumbe lentamente en el caos. La descomposición puede llegar tan lejos que el enfrentamiento civil o hasta la guerra se hace inevitable. Se hace trágicamente necesaria para que los humanos vuelvan a entender el sentido de reglas y leyes y un orden cuerdo de las prioridades. Así como el valor de la justicia para la paz y defensa de los más débiles. En España no estamos, de momento, cerca de la guerra. Pero sí lejos del imperio de la ley. Por las grietas del agravio, de la corrupción y de la injusticia brota muy fresco el odio, esa mercancía que volvió a cotizarse en la vida política española cuando un presidente del gobierno, que sigue impune, decidió reabrir virtualmente la guerra civil española para mayor gloria personal propia. Odio fresco porque lo ejercen y difunden jóvenes que no conocen nada más allá de su primitivo adoctrinamiento ideológico y este régimen que compensa con la impunidad y indiferencia el abandono. Odio surgido de ideologías que liberan al individuo de su deber con las leyes. Cataluña es un terrible ejemplo de cómo la impunidad de décadas ha producido masas de ciudadanos confundidos en un narcisismo tan suicida como criminal.

Con la impunidad lo primero que se elimina es la verdad que denuncia a los culpables de la brutal injusticia que siempre supone el delito de proteger al delincuente. Cuando hay impunidad hay intención o miedo por quien no cumple con su deber de perseguir el delito. El treinta aniversario del atentado de Zaragoza se celebró ayer como un nuevo trámite en nuestra paradójica agenda del olvido. Estos actos oficiales en recuerdo de las víctimas en España son dolorosamente sospechosos. Las autoridades parecen temerlos por las preguntas que regularmente resurgen y que sus esfuerzos nunca logran apagar del todo. Por eso no estaban hoy invitados algunos familiares de las niñas muertas en 1987. Por eso este gobierno ha seguido la política del anterior para dividir a las víctimas para destruir todo esfuerzo común por forzar transparencia y verter verdad sobre terribles capítulos del terrorismo que siguen en la más absoluta oscuridad.

Por eso nadie habla de que quien dio la orden de este atentado con 11 muertos es ese Josu Ternera que ha estado y está presumiblemente localizado siempre y no ha sido traído a España porque los gobernantes no quieren. Porque «pacta sunt servanda». Al menos con los terroristas. Sucede con esa fecha maldita del 11-M y el tabú implacable de su inverosímil verdad oficial. Como pasa con todos los atentados de ETA. Porque también en el recuerdo de estos pesa la «verdad oficial» de una derrota de los terroristas separatistas que la vida cotidiana en el País Vasco desmiente. La impunidad nos hace perder hasta la brújula moral. No solo a los delincuentes y a esas autoridades que delinquen al violar su deber y juramento de perseguir el delito. La sociedad se sume en un mar de confusión y malentendidos. Las palabras pasan a significar algo muy distinto a lo que decían antes. Aún hay remedio si una masa crítica de españoles moviliza a la nación contra la impunidad. A blandir la palabra con toda su verdad. A exigir castigo para Josu Ternera por sus crímenes como para todos los responsables del golpe de estado en Cataluña hoy. Conscientes de que en esa lucha contra estas impunidades y tantas otras nos jugamos nuestro futuro en paz como nación civilizada.

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