Huérfanos

Si España todavía resiste es gracias al liderazgo del Rey y a un pueblo empeñado en repeler la embestida

Isabel San Sebastián
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España se enfrenta a la peor crisis política de su historia reciente, una amenaza explícita a su propia existencia, cuando al frente de los partidos llamados a vertebrarla aparecen unos líderes acreedores a los suspensos más sonoros que jamás ha recogido el CIS. Es de suponer que no se trata de una coincidencia.

El último estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas, conocido esta semana, resulta sonrojante para nuestros próceres. Más para unos que para otros, desde luego, aunque ninguno pueda sacar pecho. El mejor valorado, Albert Rivera, obtiene un 3,7 del conjunto de los encuestados y un 6,7 cuando los preguntados son quienes le votaron en las últimas elecciones. El farolillo rojo, Pablo Iglesias, se lleva un 2,6 y un 5,7 respectivamente, porque acapara más rechazo que cualquier otro, incluso en sus propias filas. Entre ambos se sitúan Pedro Sánchez, con un 3,6 y un 6 pelado, y Mariano Rajoy, con un 3 y un 6,5. Ninguno alcanza el notable ni siquiera entre sus electores. Y cuando el parámetro medido es la confianza, las cabezas de PP y PSOE, primeros en la carrera por la Moncloa, reciben un varapalo mayúsculo. Ochenta y tres de cada cien españoles confían poco o nada en Sánchez. Setenta y ocho piensan lo mismo de Rajoy. Resumiendo; la ciudadanía se siente profundamente huérfana. Ayuna de referentes, de dirigentes dignos de consideración y, por lo tanto, de esperanza.

Contrasta esta escasez de mérito y capacidad política con la cantidad y calidad del talento que destaca en otras áreas como el deporte, la empresa, la medicina, el arte o cualquiera de las profesiones liberales. España exporta todo tipo de material humano de primera, pero no tiene quien la gobierne. A semejanza de Diógenes, los españoles andan a la búsqueda de un hombre (o una mujer) honesto(a), preparado(a) y dispuesto(a) a servir lealmente a sus conciudadanos. La oferta disponible no les gusta, por lo que llevan tiempo conformándose con el mal menor, acudiendo a las urnas con una pinza en la nariz, debatiéndose entre la tentación de «pasar» y la necesidad de implicarse en la gobernabilidad del país, por grande que sea el desencanto. Las consecuencias de esa enfermedad social se agravan de día en día.

La nación se tambalea, es discutida, confrontada, desafiada, tergiversada, retorcida e injuriada porque los llamados a representarla no dan la talla. En el último peldaño de la infamia se sitúa desde luego Podemos, deseoso de sacar tajada de esta situación límite a costa de aliarse con los sediciosos enemigos de la Constitución, de la unidad nacional y de la democracia. Al otro lado del espectro y de la valoración demoscópica aparecen los de Rivera, formación nacida precisamente con el fin de defender esos valores en Cataluña, donde sufren un ataque frontal sin precedentes. Ciudadanos carece, no obstante, del arraigo territorial suficiente para resultar decisiva y soporta, además, la embestida conjunta de populares y socialistas, reacios a dejarse quitar la más mínima porción del pastel que se han repartido hasta ahora. La política, antaño noble actividad encaminada a gestionar la cosa pública, lleva lustros convertida en lucha descarnada por el poder, no solo entre formaciones rivales, sino dentro de una misma estructura, lo que ha relegado el interés común, sintetizado en la palabra España, a la última de las prioridades.

El CIS ha puesto al descubierto la verdadera razón por la que la nación se agrieta. Si todavía resiste, si las costuras aguantan, es gracias a un pueblo empeñado en repeler la embestida y a un líder nato llamado Felipe VI, felizmente nuestro Rey.

Isabel San SebastiánIsabel San SebastiánArticulista de OpiniónIsabel San Sebastián