¿Honor Puigdemont?

Soñé que la nieve ardía. Y por soñar imposibles, soñé que Puigdemont tiene dignidad. Y que es un hombre de honor

Antonio Burgos
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Soñé que la nieve ardía, como canta el fandango. Decididamente loquito, o despistado, o iluso, soñé que había inundaciones en el desierto del Sahara. Y no dormido como un tronco, sino despierto, que es lo preocupante de cómo pensé estas cosas. Ahora, que lo que ya es de psiquiatra, aunque sea argentino, como la Monja Jartible o como el otro personaje velazqueño sobre ruedas de Podemos, es lo que he pensado esta mañana, entre sueños. Que había un desusado revuelo de ujieres y de funcionarios de la que se llama a sí misma por excelencia «La Carrera» en el número 19 de la Rue de la Sciencie, sede de la Embajada de España en Bruselas. Como se trataba de algo mágico, ya digo, entre sueños de la razón, que ya sentenciaba Goya que engendra monstruos y no Jálogüin, es como si estuviera viendo que un secretario pedía permiso para entrar en su despacho, entre urgencias y nervios, a doña Cecilia Yuste Rojas, nuestra embajadora ante el Reino de Bélgica. Y que le decía:

-Señora embajadora: se ha presentado aquí un señor, connacional nuestro, que dice que tiene urgencia en hablar con usted.

-¿Y qué pinta tiene?

-Pues tiene el pelo alborotado, así como la «chica yeyé» de Concha Velasco que cantan los tendidos de las peñas en los Sanfermines. Y trae un abrigo ni corto ni largo, sino todo lo contrario. Se le ve muy preocupado y nervioso. Yo he querido atenderle, pero me ha dicho que no, que tiene que hablar directamente con el embajador. A lo que obviamente, doña Cecilia, le he matizado que en esta casa no tenemos embajador, sino señora embajadora.

Esta, más por curiosidad que por deber, accedió:

-Bueno, pues dígale a ese ciudadano español que pase, que lo atenderé con mucho gusto.

Y el secretario hizo pasar al despacho de la embajadora al inquieto e inquietante visitante de aquel trozo de España en Bruselas. Sin siquiera aceptar el asiento que la embajadora le indicó cortésmente tras darle la mano, en pie, con muchos nervios encima, mucha inquietud, el del pelo alborotado y el abrigo ni corto ni largo sino todo lo contrario, largó:

-Mire usted, señora embajadora: soy Carles Puigdemont Casamajó, presidente de la Generalitat de Cataluña y preconizado para el mismo cargo en la inminente República Independiente de Cataluña. Y vengo a entregarme en esta Embajada que sé es suelo del opresor Estado Español, para ser detenido y presentado inmediatamente ante los tribunales del Madrid que nos roba. Porque, si no lo hago, pueden ir a la cárcel varios de mis consejeros, inocentes. Lo que como puede comprender no puedo consentir, como un hombre de honor que soy. Porque de todas las mentiras de que nos acusa la Justicia politizada del señor Rajoy y de sus lamentables socios del bloque monárquico, el único culpable, en todo caso, soy yo. Así que le ruego que llame a Madrid, para que sepan que estoy dispuesto a que me lleven ante la juez Lamela en el primer avión que salga, aunque vaya detenido, pero no puedo consentir que tras mi «espantá», para la que me he inspirado no en Companys, sino en Rafael el Gallo, otros vayan a pagar mis culpas dando con sus huesos en la cárcel. Llame, por favor, al presidente del Gobierno español perseguidor de Cataluña, al señor Rajoy, o a quien crea conveniente, pero diga que asumo y acepto todas las responsabilidades políticas y judiciales. Que fui yo quien convocó el referéndum y proclamó la DUI y la República Catalana. Y que dejen tranquilos a mis consellers, que sólo han cumplido mis órdenes...

Ya les digo que soñé que la nieve ardía. Y por soñar imposibles, soñé que Puigdemont tiene dignidad. Y que es un hombre de honor. Y no es de honor, es de horror: de indigna «espantá» cobarde, de cabeza al callejón de Bruselas, que no la mejora ni Rafael el Gallo.

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos