La hispanofobia rampante

Hora de exigir a los gobernantes más respeto a España

Hermann Tertsch
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¿Cómo es posible que la televisión pública RTVE envíe a un concurso europeo a representar a España a dos niñatos que solo han llamado la atención por sus ganas de insultar a España? ¿Cómo es posible la investidura en una región española de un presidente cuyo único bagaje conocido es su lista de insultos a España y delirantes desprecios racistas? ¿Cómo se permite romper la Constitución en la tribuna del Parlamento? ¿Por qué felicita el presidente del Senado a una energúmena que insulta y calumnia a España sin jurar la lealtad como debe para acceder al cargo? ¿Por qué unos inmigrantes argentinos metidos aquí en política pueden insultar a España y profanar públicamente su bandera, cuando un español que hiciera eso en Buenos Aires sería cuando no linchado, sí procesado y expulsado?

Cuenta Elvira Roca que en 1650 los españoles conocían bien la sarta de mentiras fabricadas para dañar a España por sus grandes enemigos. Y eran conscientes de que se trataba de falsedades con intención política. Lo grave es que, tal como señala la autora de «Imperiofobia y Leyenda Negra» (Ed. Siruela), en 1750, un siglo más tarde, los españoles ya se creían y difundían como ciertas aquellas mentiras. Y se hablaba mal de España para significarse personal y socialmente. En la corte, las elites y quienes les eran cercanos promovían falsas informaciones para desprestigiar a España. Se magnificaban problemas y ocultaban éxitos. Inmensas gestas eran ridiculizadas. Reveses menores tornaban en catástrofes. Todo invenciones de fuerzas extranjeras, entonces especialmente de Francia, que pujaba por relevar a la dinastía austriaca por una francesa, como en efecto consiguió.

Desde entonces cuestionar a España ha sido hábito, moda e interés. En las clases superiores que se elevan por encima de los demás con ese desdén hacia España. Solo las clases populares han mantenido una relación natural de lealtad a la nación española. Por eso fue capaz de defenderse en 1808, dio una lección a Napoleón y ejemplo al mundo. Las elites han mantenido siempre esa relación enferma con la nación. Y quien ha querido ser elite las ha emulado.

Esta perversión tuvo dos graves escaladas. Una fue la invención decimonónica de los nacionalismos vasco y catalán. A remolque de la tóxica e irracional moda alemana, los intelectuales llevaron el antiespañolismo hasta el extremo de la invención de nacioncitas para proseguir en la península la descomposición de la España americana. La otra se produjo como efecto posterior a la guerra civil y la dictadura. La izquierda identifica a la nación con la dictadura y convierte su odio a esta en odio a aquella. Así surge la actual furia antiespañola de la izquierda española y su alianza con las fuerzas hispanófobas nacionalistas. Quizás haya llegado el momento de poner pie en pared. Y de exigir a los gobernantes que persigan las ofensas a la nación española o se aparten porque no cumplen con dignidad. No se puede defender la seguridad, la libertad y la integridad si no se sabe defender y exigir el respeto.

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