La Tercera

¡Es la geografía!

«Cataluña está en España, que es una forma de ser España. Lo percibimos todos, empezando por los propios catalanes, aunque no se den cuenta. Ya se darán. Tal vez una forma de acelerarlo sería que se diesen, como hace cuatro siglos, una vuelta fuera de España y comprobasen el frío que allí hace. Como dijo Stanley Payne: «Tal vez España estaría mejor sin Cataluña y el País Vasco. Pero sé que es imposible»

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Nos hallamos en plena resaca del 1-O, no el mejor estado para pensar lúcido. Pero tenemos la absoluta necesidad de hacerlo no vaya a ser que cometamos aún más errores de los ya cometidos. Si nos ponemos a buscar culpables, lo único que conseguiremos es profundizar la brecha que nos separa, con consecuencias posiblemente irremediables no sólo para nosotros, sino para las generaciones que nos siguen. Y esa meliflua melodía que suena por doquier, «¡Diálogo, diálogo, diálogo!», no es más que un engañabobos. ¿Cómo puede dialogarse con quien exige todo y no da nada? Necesitamos una aproximación distinta a nuestro problema, ya que incluso la Europa que Ortega proponía como remedio no sirve. Y se me ocurre que empecemos a ver España desde la Geografía, no desde la Historia, como hasta ahora. Los españoles nos hemos pirrado siempre por la Historia, sin darnos cuenta de que, según S. Haffner, es un arte, tanto o más que una ciencia. Y no hay nada más engañoso en este mundo que el arte, hasta el punto de que cada artista recrea una realidad distinta del mismo objeto. Lo vemos en las nacionalidades históricas, como si las demás no lo fueran, fuente de buena parte de nuestras desventuras.

La Geografía, no. La Geografía es algo sólido, tangible, inalterable, aunque el hombre, gran enredador, se las ha arreglado para alterarla. Pero sólo en puntos muy pequeños y concretos. El resto sigue como hace millones de años. Y ya sobre esa tierra firme, nunca mejor usada la expresión, podemos preguntarnos: ¿qué es geográficamente España? Pues el extremo del continente Eurásico, lo que explica su condición de punto de encuentro de éste con África y América, de ahí los muchos pueblos que la cruzaron y dejaron su huella. Pero, sobre todo, España es un continente en miniatura, con largos ríos, numerosas cordilleras, valles, desiertos, mesetas, climas diferentes y una variedad de flora y fauna difícil de igualar, lo que constituye el principal de sus encantos. Y también de sus problemas, porque, ¿cómo unir a las gentes que viven en ese pequeño continente, siendo tan distintas? Con lo que entramos en los dominios procelosos de la Historia. Aunque, antes de ello, sentemos un hecho incontrovertible: geográficamente, Cataluña está en España, que no podrán negar incluso los nacionalistas furibundos que niegan ser españoles.

Se trata de algo bastante más importante de lo que se cree. Lo demuestra que no es esta la primera vez que Cataluña ha intentado independizarse sin conseguirlo. A mediados del siglo XVII incluso aceptó someterse a la corona francesa, hasta comprobar que el centralismo galo era mucho más duro que el español. Más, cuando este abolió las fronteras interiores y le permitió comerciar con América, clave del desarrollo industrial catalán. Hubo otro intento, hace estos días 73 años, unidos a la izquierda, que la Segunda República cortó a cañonazos y enviando a sus organizadores a la cárcel. La Historia se repite.

De ahí que la primera cosa que tenemos que hacer es despojarla de sus mitos, mentiras en la inmensa mayoría de los casos. Empezando por el de «los españoles odian a los catalanes» con el que los nacionalistas han lavado la cabeza de su pueblo. No puede haber mentira mayor que ésta. El resto de los españoles admiramos a los catalanes, reconociendo sus cualidades de laboriosidad, modernidad, organización, flexibilidad, inventiva, en las que nos aventajan. Si últimamente se ha notado desafección hacia ellos es por haber recibido desde allí todo tipo de ofensas, empezando por la de «España nos roba», cuando quienes más les han robado son sus propios dirigentes. Pero lo más grave ha sido el aire de superioridad y displicencia que nos han mostrado desde antiguo, resumido en la frase de su Consejero de Interior, Forn, «Tengo lástima de los españoles». Nada puede ofender más a un español, cuyo orgullo han reconocido todos los visitantes. Lo que quiere decir que tiene que haber rectificaciones en ambas partes.

Tendidos estos puentes, llega lo más difícil: admitir que «Cataluña está en España» guste o no a los catalanes. Pueden consolarse viendo que muchos españoles reniegan de serlo. Pero el caso es que nos une la tierra que pisamos. A veces, demasiado, como a los «eternos rivales» en el fútbol. No más, sin embargo. La globalización nos ha hecho ver que el vecino no sólo puede, sino debe ser el mejor amigo. Francia empezó siendo el refugio de los terroristas de ETA hasta darse cuenta del problema que se estaba creando con el nacionalismo vasco. Como Francia y Alemania decidieron que juntas en una Europa Unida les iría mejor que separadas, con una guerra cada siglo. Algo parecido tiene que ocurrir entre España y Cataluña. A los catalanes no se les compra dándoles privilegios, como han hecho todos los gobiernos no ya de la democracia sino de los dos últimos siglos. Al revés: cuanto más se les da, más quieren. Sin olvidar, además, que siendo el nacionalismo un sentimiento más que un razonamiento, todo intento de convencerle con razones sea inútil. De ahí que los llamamientos al diálogo que se escuchan sean brindis al sol, que no llevan a ningún sitio. Sólo los hechos convencerán a los catalanes. Y los hechos dicen que a Cataluña le irá mejor en España que fuera de ella. No sólo porque se irá también de Europa, sino porque España, tras haberle ofrecido durante dos siglos mano de obra barata, le ofrece también el mayor y mejor de los mercados. Aún hoy, vende en ella el 80% de sus productos. Más importante: porque es su entorno natural y seguirá siéndolo por los siglos de los siglos. Si intenta salir de él, sus dificultades se multiplicarán. En cuanto a su «hecho diferencial», hay que reconocerlo, pero apuntar que hechos diferenciales existen en ese pequeño continente que es España cuantos se quieran, lo que le enriquece más que perjudica. Lo que no puede admitirse es que uno de esos hechos diferenciales sea mejor que los demás. Y si se idolatran, como hace el nacionalismo, se rompen todos los puentes con la razón y la realidad. Nada más absurdo que jibarizar Cataluña, de país bilingüe, con todas las ventajas que ello trae -el idioma más difícil de aprender es siempre el segundo-, en monolingüe. Aunque más disparatado aún sería premiar a quienes se han alzado contra el orden establecido dándoles más competencias.

Pero temo que mi propuesta no encaje en la actualidad, dominada por unas prisas y una visceralidad tan españolas, y catalanas por lo que estamos viendo. Ello no impide que la Geografía siga imponiendo su enorme peso. Cataluña está en España, que es una forma de ser España. Lo percibimos todos, empezando por los propios catalanes, aunque no se den cuenta. Ya se darán. Tal vez una forma de acelerarlo sería que se diesen, como hace cuatro siglos, una vuelta fuera de España y comprobasen el frío que allí hace. Como dijo uno de los historiadores extranjeros que mejor nos conocen, Stanley Payne: «Tal vez España estaría mejor sin Cataluña y el País Vasco. Pero sé que es imposible». O sea, la «conllevancia» orteguiana. Paciencia y barajar.