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Francia: marginalidad y centralidad

«Tengo la impresión de que Macron, ahora presidente de la República, con su joven experiencia en el mundo económico y en la vida real, con su trayectoria política limitada, pero donde trató de introducir una inflexión necesaria en una política económica desenfocada, está en condiciones de ganar la guerra difusa de ahora»

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La opinión francesa siempre ha sido apasionada, irritable, aficionada al exceso, a los extremos, y siempre se ha orientado, al fin, después de transiciones más o menos largas, en el sentido de la moderación, de la razón equilibrada. Ha sido una lucha dialéctica permanente, que a menudo se ha manifestado en conflictos políticos, callejeros, hasta militares, y que ha desembocado en una paz social negociada, convenida. Podemos rastrear la pista de esta historia hasta en las guerras religiosas del siglo XVI, que culminaron con la matanza de San Bartolomé, episodio en que las aguas del Sena se tiñeron de color rojo, y cuya furia cedió con la conversión al catolicismo de Enrique IV y con la dictación del Edicto de Nantes, que fue un acuerdo de libertad de cultos.

Sainte-Beuve, el gran crítico literario del siglo XIX, que extendió su visión desde temas de literatura a temas de sociedad, dijo en una ocasión que Juan María Portalis, el jurista escogido por Napoleón Bonaparte para sentar las bases del nuevo código civil de Francia, para someter los impulsos descontrolados de la revolución a una legislación estable, «habitaba en una esfera moderada». Era un religioso sin fanatismo y un filósofo sin intransigencia. Parece una conjunción fácil de virtudes, pero está muy lejos de serlo. Ahora se necesita en Francia, y por consiguiente en Europa, algo bastante parecido, además de una energía excepcional y de una capacidad notable de invención política. No estamos seguros de nada, pero tenemos confianza. Cuando François Mitterrand terminaba su mandato presidencial, dijo que la etapa de los presidentes fuertes, equivalentes a pequeños monarcas constitucionales, daba paso a un período de presidentes notarios o contables. Es la etapa de los presidentes «normales», definida para sí mismo por François Hollande, pero quedó demostrado que esos supuestos «normales» no convencen a los electores.

El paso de los comités revolucionarios, el paso del Terror y del Comité de Salud Pública, al Directorio, al Consulado, al Imperio, fue una salida del extremismo, una adopción de esa «esfera moderada» de que habló Sainte-Beuve. La lucha entre dreyfusistas y antidreyfusistas, a finales del siglo XIX, reveló tensiones y rupturas equivalentes. Algo semejante sucedió con la batalla entre gaullistas y nacionalistas fanáticos en los años de la descolonización, a la salida de la Segunda Guerra Mundial. En otras palabras, la furia xenófoba, antiextranjera, contraria al euro y a la Unión Europea, no es un fenómeno nuevo en la vida francesa. Es, por el contrario, un fenómeno archiconocido. Lo que podemos esperar es que la razón, el equilibrio, el interés nacional bien entendido, con sus consensos supranacionales, con su visión política universalista, con su sentido de unidad dentro de la diversidad, vuelvan a imponerse. El triunfo electoral de Emmanuel Macron en la segunda vuelta electoral, su llegada a la jefatura del Estado, se orientan en esa dirección, en el sentido de la tradición dominante del país. Es una batalla ganada con brillo, después de una campaña electoral inteligente, enérgica, en que las polémicas públicas se inclinaron con la mayor claridad en favor de la coalición democrática y pro europea. Pero todavía falta ganar la guerra. Porque nos encontramos, de hecho, frente a una guerra interna sin cuartel, a espadas desenvainadas. En un extremo se encuentra la utopía jacobina declarada de Jean-Luc Mélenchon, heredero directo de Jean-Paul Sartre y sus amigos de ultra izquierda de la década de los cuarenta y los cincuenta, que desembocó hasta cambiar de rumbo, hasta buscar horizontes diferentes, en la revolución joven de mayo del 68. En otro, el Frente Nacional antieuropeo, heredero de enfermedades sociales antiguas, de utopismos diversos, contrarios y mal entendidos: la Liga Católica del siglo XVI; los jacobinos de 1791 a 1793, con Maximiliano Robespierre a la cabeza; los comuneros de 1870; los antidreyfusistas de fines del siglo XIX, derrotados por la dialéctica política de Zola, por el monumento novelesco de Marcel Proust, aunque muchos no se hayan enterado de esto último, y por el buen sentido general de los franceses. Agreguemos a esto la batalla del gaullismo contra los conspiradores fanáticos a favor de la «Argelia Francesa».

La historia se repite, así como las trampas de la historia. Conocerla, sin embargo, reduce la obligación de repetirla. Tengo la impresión de que Macron, ahora presidente de la República, con su joven experiencia en el mundo económico y en la vida real, con su trayectoria política limitada, pero donde trató de introducir una inflexión necesaria en una política económica desenfocada, está en condiciones de ganar la guerra difusa de ahora. Conozco a algunas de las personas que lo apoyaron desde otras órbitas políticas y me parece que son gente de buen olfato, de sentido común sólido, que conocen la sociedad francesa en profundidad. Al fin y al cabo, ese conocimiento, que incluye el conocimiento del presente y del pasado, de los antecedentes históricos y los hechos actuales, es esencial, es el fondo último de la inteligencia política.

Cuando asistía, como joven diplomático chileno, a las conferencias de prensa del general De Gaulle, en la década de los sesenta del siglo pasado, me encontraba con esa forma de inteligencia en cada frase. Pues bien, Emmanuel Macron estuvo sometido sin la menor concesión al fuego cruzado de la campaña electoral y reaccionó con entereza, con firmeza, con conocimiento acabado de los temas. ¿Por qué, entonces, no esperar y no confiar? Los políticos no vienen hechos de fábrica. Los políticos se hacen a través de la experiencia. Bonaparte, después de pasar por los años de la revolución, se transformó a sí mismo en Napoleón Bonaparte y dijo que pertenecía a la derecha y también a la izquierda. No pretendo, desde luego, que Macron sea Napoleón, ni mucho menos, pero ha declarado algo bastante parecido: que aprovechará lo mejor del gaullismo y lo mejor del socialismo para el bien de su país. Démosle, entonces, por lo menos, el beneficio de la duda y de una confianza inevitablemente condicionada. El problema y su adecuada solución nos interesan a todos.