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La fiesta frágil Ignacio Camacho

La Semana Santa vive una crisis de éxito que, como demuestran los incidentes de Sevilla, la vuelve vulnerable

Intencionada, planificada y sincronizada. Los incidentes de la Madrugá sevillana responden al esquema de una acción concertada, un ataque gamberro o nihilista, una provocación malintencionada o irresponsable pero de ninguna manera espontánea. Una maniobra de desestabilización que ni debe quedar impune ni ser minusvalorada. Lo primero porque las avalanchas masivas pudieron acabar con consecuencias trágicas, y lo segundo porque esos sucesos revelan el punto más débil, las costuras más frágiles de la Semana Santa.

Se trata de una crisis de éxito. En la mayoría de las ciudades españolas, la multitudinaria asistencia a las procesiones obliga a una logística funcional muy delicada. La saturación de público y el aumento de penitentes tensan la capacidad de acogida del escenario urbano y dejan la fiesta al albur de la precisión de las cofradías y la autocontención de los espectadores. Mucha gente moviéndose en muy poco espacio plantea un reto de organización endiablado que hasta ahora ha sido posible resolver gracias a una mezcla de respeto litúrgico, de tolerancia natural y de acatamiento colectivo de las reglas no escritas del rito. Pero todo está cogido con los alfileres de la educación y de la convivencia; de un consenso social, en definitiva. Si ese consenso se rompe por cualquier razón, el minucioso mecanismo de encaje queda expuesto al zarandeo, con el cartón al aire. Contingente, precario, vulnerable.

Sucede que el consenso se ha roto en parte. La masificación ha desnaturalizado el sentido ritual de la Semana Santa, incluso entre las propias cofradías, aproximándola de modo inevitable al espectáculo. Toda manifestación de religiosidad popular resulta en sí misma un fenómeno abierto y plural que necesita para su buen desarrollo el acuerdo implícito de sus participantes. El problema consiste en que ese acuerdo ya no es total porque el vínculo común de esa estructura intangible –sea la fe, la memoria, la tradición, la cultura o la civilidad– se ha banalizado. Un rito impone, un espectáculo no. Muchas aglomeraciones se producen por la patente botellonización de una fiesta tomada como pretexto para la ocupación de la calle.

A partir de ahí, es relativamente fácil pasar de la indiferencia al desdén y de éste a la hostilidad contra símbolos que no se comprenden o no se comparten. Luego está cierta estúpida tendencia al protagonismo transgresivo, extendida en las redes sociales; cualquier tarado jactancioso sabe que en medio de una concentración de masas puede armar por su cuenta un lío considerable. La estampida de pánico de Sevilla, repetida por segunda vez en este siglo, constituye una seria advertencia no sólo sobre la seguridad sino sobre la pérdida de cohesión social en torno a patrimonios inmateriales. Un acontecimiento de esta importancia, incluso económica, no se puede abandonar a una afortunada confluencia de casualidades.

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