La fatiga de Occidente

«Los europeos y los estadounidenses, con razón o sin ella, estamos preocupados por la llegada de los pobres del mundo y olvidamos la causa principal de su migración: escapar de la tiranía de sus países, tiranía que los occidentales a menudo subvencionan. Por eso Occidente está cansado»

Guy Sorman
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Existe en inglés una expresión fuerte y, que yo sepa, intraducible: «compassion fatigue», que se refiere a la sensación de lasitud que se apodera de los espíritus supuestamente caritativos cuando sienten que han dado demasiado a los demás sin obtener resultados tangibles. Este fenómeno se observa también cuando los pueblos occidentales (porque son casi los únicos que se conmueven por las catástrofes que ocurren en otros lugares, lejos de sus hogares) se ven repentinamente asediados por varias tragedias simultáneas, como una hambruna en Sudán, un huracán en Haití e inundaciones en Bangladesh. Ya no sabemos dónde mirar y, angustiados, nos replegamos sobre nosotros mismos y no le damos nada a nadie. Esa es más o menos la situación actual. El continente negro africano, por ejemplo, está totalmente fuera de nuestra conciencia colectiva. ¿Quién se preocupa todavía por Sudán del Sur, que hace siete años celebraba la independencia antes de hundirse en guerras tribales y hambrunas utilizadas como armas de combate? ¿Y el Congo? Devastado por la guerra civil durante veinte años, ha sido abandonado a su destino. Estamos pendientes de Liberia, desde luego, pero porque tememos que la epidemia de ébola salga de África y contamine algún día a Occidente, como ocurrió con el sida. ¿Recordamos a los rohinyás? Su expulsión de Birmania nos indignó durante quince días y luego los olvidamos, pese a que su destino es más atroz que nunca, abandonados como están en una zona indeterminada entre Birmania y Bangladesh. Pero los occidentales no apartan la mirada solo de las grandes causas humanitarias; ya no nos movilizan ni los derechos humanos.

Resulta que esta semana los chinos recuerdan cómo, en junio de 1989, el Ejército masacró en la Plaza de Tiananmen en Pekín a varios millares de estudiantes. Ellos, recordemos, se manifestaban pacíficamente por un poco más de democracia y un poco menos de corrupción en la cúpula del Partido Comunista. El número de víctimas seguirá sin saberse, ya que la mayoría de los cadáveres fueron retirados para prohibir su recuento y su funeral. El mundo estaba indignado. El 14 de julio de 1989, en París, los estudiantes chinos supervivientes abrían en los Campos Elíseos el desfile de nuestra fiesta nacional, con el torso desnudo y el ideograma Libertad escrito en el pecho. Una generación más tarde, ¿quién en nuestro país se conmueve por el hecho de que en China se condene a muerte a los budistas porque son budistas, para poder extraer sus órganos y comerciar con ellos? ¿Quién levanta la voz para conseguir la liberación de Liu Xia, bajo arresto en Pekín desde hace ocho años y cuyo único delito es ser la viuda de Liu Xiaobo, premio Nobel de la Paz, que murió en prisión el pasado mes de julio? Y lo que resulta aún más abrumador, Donald Trump se dispone a honrar y recompensar al presidente de Corea del Norte, el régimen más represivo de nuestro tiempo, que cuenta con 120.000 presos políticos, mientras el resto de la población sobrevive en una especie de esclavitud del Partido Comunista.

Hubo un tiempo no muy lejano, desde 1945 hasta la actualidad, en el que los Gobiernos y la opinión pública de Europa y de Estados Unidos se distinguían del resto del mundo por su implicación activa a favor de los derechos humanos y la democracia; ¿acaso no era eso lo que diferenciaba a Occidente? ¿De dónde viene nuestra repentina fatiga? Hay varios motivos para ello. Éramos universalistas, ahora somos más bien relativistas. Dado que China, el mundo árabe, una gran parte de África y Rusia no se han convertido en democracias liberales tan rápido como se esperaba, algunos han deducido apresuradamente que las culturas de estos pueblos no son compatibles con la libertad. Realmente es ignorar estas culturas, pero eso es lo que los dictadores quieren que creamos y parecen conseguirlo. Otra mala razón: los valores de la democracia se ponen en tela de juicio en Occidente, incluso por parte de movimientos políticos que colocan los valores comunitarios, nacionales, religiosos y étnicos por encima de los valores liberales. A eso se le llama populismo, y el populismo no invita a la conmiseración hacia los demás sino que, al contrario, nos devuelve al estado tribal anterior a la filosofía de la Ilustración, anterior incluso al cristianismo. Finalmente, los europeos y los estadounidenses, con razón o sin ella, estamos preocupados por la llegada de los pobres del mundo y olvidamos la causa principal de su migración: escapar de la tiranía de sus países, tiranía que los occidentales a menudo subvencionan. Por eso Occidente está «cansado». ¿Pero el Occidente fatigado, tribalizado, que traiciona sus propios principios y su universalidad, sigue siendo Occidente? Lo dudo.

Guy SormanGuy SormanArticulista de OpiniónGuy Sorman