José María Carrascal - POSTALES

Eurovisión

Que hayamos dejado las guerras, y libremos las batallas en escenarios y estadios, me basta

José María Carrascal
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Que los europeos libremos nuestras batallas en los escenarios, los estadios o las piscinas me parece estupendo. De hecho, es la mejor noticia de los últimos siglos, pues hasta ahora sólo nos habíamos batido en las trincheras, con los resultados que conocemos: miles o millones de muertos, países arrasados y odios ancestrales. Es verdad que en los campos de fútbol, en las gradas más bien, se arman de tanto en tanto zapatiestas, pero nunca pasan de altercado urbano, no mayor que el de algunas manifestaciones políticas. Mientras estos modernos eventos son auténticas fiestas continentales, Eurovisión especialmente, con cientos de millones de espectadores, que la viven en directo gracias a la TV, convertida en plataforma unificadora más eficaz que Bruselas, jaleando cada cual a su representante y gozando del espectáculo.

Naturalmente, no todos pueden ganar, pero todos pueden participar, a no ser que la enredadora política excluya algún participante, pero Eurovisión tiene a gala acabar en paz. Ganador sólo puede ser uno o una, y las discrepancias se limitan a debates más o menos apasionados, sin llegar nunca a mayores.

Del último festival, comienzo por lo que no me ha gustado. Ante todo, la tendencia a convertir las actuaciones en macroespectáculos, de circo, o de revista musical, hasta el punto de que, de seguir así las cosas, desaparecerán los protagonistas, la canción y el intérprete, aplastados por el show. Más grave aún es que cada vez más eligen el inglés para cantar. Con el doble lastre de que, al no ser su lengua materna, la letra pierde intensidad e incluso induce al fallo (¿fue ésa la causa de que Manel Navarro soltara un gallo en medio de su Do it for Your Lover?), aparte de perderse la riqueza idiomática de nuestro continente. Europa es la única y auténtica «nación de naciones», al compartir valores, historia, actitudes desde tiempo inmemorial, aunque esté compuesta de distintos Estados, que ahora intentan unirse para formar una patria común. Hacer del inglés el único idioma europeo es como usar el esperanto: una fabricación. Bien que lo usemos para entendernos. Pero sin olvidar el nuestro.

Es incluso posible que ésta haya sido la causa de la victoria de Salvador Sobral, con su Amar pelos dois, canción cien por cien portuguesa, tierna, íntima, profunda, que refleja el alma de su pueblo. Como su presentación, tan modesta que apenas tenía decorado -un bosque en la noche-, todo se reducía a él y su voz. Así se llega directo al corazón. ¿Aprenderán la lección los demás? Lo deseo, aunque temo que a los europeos nos falte todavía un buen trecho para alcanzar la unidad en la pluralidad y en el destino. Que hayamos dejado las guerras, sin embargo, y libremos las batallas en escenarios y estadios me basta por ahora. Horas antes de que, en París, Emmanuel Macron prometiese devolver a Francia «la esperanza y el espíritu», en Kiev se ofrecía el abigarrado y colorido espectáculo de una Europa aún por cuajar, pero con ganas de alguien que la guíe. ¿Casualidad? Ya no hay casualidades.

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