Arash Arjomandi

Fe en España y en Cataluña

La española y la catalana son dos grandes sociedades. Su lugar en algunas cumbres de la historia del espíritu es indiscutible

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En este artículo no quiero analizar los tristes acontecimientos de la actualidad de nuestro país. Hay muchos expertos que están comentando pormenorizadamente y a tiempo real lo que está sucediendo en los tribunales, en las instituciones y en las calles de nuestras queridas España y Cataluña.

¡Sólo quiero infundir esperanza!

La española y la catalana son dos grandes sociedades. Su lugar en algunas cumbres de la historia del espíritu es indiscutible: sus cimas en el arte de la literatura, de la pintura y de la arquitectura son la envidia de muchas naciones. Su generosidad a la hora de renunciar a anhelos y creencias en pos de la reconciliación democrática sigue siendo un modelo vigente estudiado en muchos países, como lo atestigua la reciente invitación que le hizo el Senado argentino a mi amigo Ramón Tamames para explicar los Pactos de la Moncloa. Su capacidad de escalar en tiempo récord desde una de las posiciones mediocres de Occidente hasta el G10 dejó perplejo a muchos mandatarios y economistas del mundo. Nuestra resiliencia –a pesar de las innegables injusticias y sacrificios sufridos– al resucitar de la reciente crisis económica ha dejado boquiabiertos a muchos observadores. El espíritu de una genuina y enternecedora solidaridad de nuestra gente ha quedado patente una y otra vez, en momentos clave como en la guerra de Irak, el espíritu de Ermua, la postura ciudadana con respecto del problema de los refugiados, la ayuda a los damnificados en muchas crisis humanitarias o nuestras maduras expresiones de valentía y fortaleza ante los atentados de La Rambla.

Todas estas virtudes han sido de sendas sociedades. Y son la base que nos debe infundir fe y confianza.

“Hubo un tiempo –recuerda Eugenio Trías en uno de sus artículos de opinión más aclamados, publicado en este diario– en que un catalán instigaba a sus discípulos a que realizasen la gesta de un renacimiento de la música española. Felipe Pedrell tenía por discípulos a Falla, Albéniz y Granados, también catalanes. Falla era gaditano, pero tenía ancestros catalanes. Entre todos se conjuraron en París para llevar a cabo esa gesta. Hubo un tiempo en que ese gran músico (Falla), reconocido en el ámbito internacional, trabajaba con denuedo en una cantata coral del gran poema de Jacint Verdaguer L´Atlàntida. El gaditano Manuel de Falla se aplicó en aprender catalán para poder descifrar del mejor modo el impresionante poema épico, que otro catalán universal, Josep Maria Sert, debía decorar en sus impresionantes luchas de titanes como los que pueden admirarse en los muros de la catedral de Vic. Y hubo un tiempo en que un gran político catalán, Francesc Cambó, oficiaba de ministro de Fomento en gobiernos españoles, tras haber trabado con Antonio Maura una alianza firme, sólida y fecunda, con el beneplácito de Prat de la Riba, President de la Mancomunitat de Catalunya. Y hubo un tiempo en que Niceto Alcalá Zamora y Francesc Macià trabaron una alianza que mantenía la conexión entre Catalunya y España como cuestión prioritaria. Y hubo un tiempo en que se pactó una transición ejemplar en el que abundaron los encuentros de intelectuales catalanes y madrileños. Una maquinaria de ingeniería política trazó el nuevo marco mental en generaciones entonces jóvenes. La televisión, la radio, los principales medios de comunicación hicieron la labor; también la escuela, especialmente en la segunda enseñanza”.

La inmensa mayoría de los conflictos de la historia se han debido a que en algún momento del proceso en que se agudizaron las discrepancias faltó realizar una acción fundamental, pero completamente factible, posible y asumible por las partes implicadas. En el caso que nos ocupa, una situación que parecía resoluble, por un lado, a través de un fraternal y honesto acuerdo financiero (como al que ya está apuntando algún Ministro) y, por otro lado, ejercitando el seny catalán ha desembocado en un conflicto cuyas imágenes pudieran aparentar, a la vista de espectadores extranjeros, las de un país subdesarrollado o con escaso espíritu de magnanimidad. Nada más lejos de la realidad.

Quiero infundir aquí ánimos y esperanzas a mis compatriotas españoles y catalanes. Sólo la unidad afectuosa de las personas que conformamos la diversa y plural sociedad civil podrá forzar a nuestros políticos de ambas partes a poner cualquier otra consideración partidista, particularista y obcecada en segundo plano, para primar y priorizar los lazos afectivos y emocionales que unen a los ciudadanos que pretenden servir.

Ese fue el fundamento último de la reconciliación ejemplar del 78 y será de nuevo la matriz anímica para encontrar ahora una resolución. Como saben muy bien los psicólogos sociales, cualquier cambio actitudinal requiere de una fuente de energía emocional.

La unidad de los sentimientos y afectos a la que me refiero no es ningún desiderátum naive o buenista. Hinca sus raíces en todas las cualidades españolas y catalanas que he señalado. Nuestros políticos, de una y otra posición, no tendrán más remedio que buscar el camino de en medio para volver a la normalidad.

Arash Arjomandi, filósofo y profesor de la EUSS (Universidad Autónoma de Barcelona)