Ignacio Camacho

España prohibida

A Colau le daba alergia la idea de ver las calles de su Barataria populista invadidas de parafernalia rojigualda

Ignacio Camacho
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Urticaria. Eso es lo que ha sentido Ada Colau al imaginar en las calles de Barcelona a una multitud congregada para ver los partidos de la selección en pantallas gigantes de plasma. Su Barataria populista invadida de banderas rojigualdas. Su pequeño reino de la autodeterminación alborotado por tribus juveniles capaces de tararear el himno y jalear los goles a voz en cuello y con las caras pintadas. Un aquelarre de patriotismo emocional desinhibido bajo la parafernalia futbolera. Un desafío intolerable a la mitología de la emancipación, una provocación de rancio españolismo unitario perpetrada por una horda de fachas.

Y la ha prohibido, claro. Ella dice "desautorizar", pero pocas cosas le gustan más a esta izquierda extremista que prohibir, desterrar o proscribir: los toros, los hoteles, las procesiones, el Ejército. Se trata de la manifestación más pura del poder, el plumazo adanista que borra todo lo que no encaja en el nuevo orden. Aunque a la Evita del Paralelo le ha faltado el coraje para vetar el proyecto de retransmisión callejera por las bravas. Se ha agarrado a un oscuro, vergonzante ordenancismo municipal: que si el ruido, la seguridad o las molestias a los vecinos (¡¡en Montjuic y a las seis de la tarde!!). Débiles subterfugios burocráticos para mal disimular la fobia ideológica y la pulsión autoritaria de quien se cree, como Fraga en sus buenos tiempos, la dueña de la calle.

Simplemente, la idea le daba yuyu. El fútbol es el último refugio de una vaga identidad patriótica que encuentra en la selección un símbolo pasional más bien líquido. Quizá el único pretexto posible en estos momentos para flamear una cierta sentimentalidad española en la Cataluña sometida al pensamiento único y excluyente del independentismo. Eso no se le podía escapar a quienes, sensu contrario, han convertido al Barça en el ejército alegórico de su entelequia de secesión. A quienes se han apoderado de las instituciones y de la sociedad civil para imponer un estado de opinión que no reconoce más nacionalismo que el suyo.

Colau no es una separatista identitaria. Su apoyo cada vez más visible a la causa del soberanismo obedece a una confluyente radicalidad política que concibe la ruptura con España como una sacudida antistema. El mismo impulso derogatorio que le lleva a cancelar la fiesta de la Constitución, a hostigar a los militares o a encajonar bustos del Rey: gestos para decretar la abolición simbólica del Estado. Su celebración republicana no es la reivindicación de una forma de gobierno, sino la impugnación de la legitimidad del actual régimen.

Por eso no iba a tolerar la exaltación siquiera meramente figurativa, a través de la descomprometida imaginería ritual del fútbol, de los emblemas, vínculos y valores de ese Estado que pretende derogar. No en su territorio, en el feudo local que rige con modos de virreina. La españolidad le provoca alergia.

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