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Escudos Jon Juaristi

Un tal Ignacio Sánchez Cuenca ha publicado un libro contra un montón de gente: contra Savater, Azúa, Muñoz Molina, Cercas, Pérez Reverte. Y contra mí. ¿Quién es este Sánchez Cuenca? Se presenta como profesor de ciencia política de una universidad madrileña, pero antes fue mamporrero del presidente Rodríguez, al que suministró pretextos para pactar con ETA cuando la banda se iba a pique. Ahora hace la rosca a Podemos y a los separatistas, porque sabe muy bien qué palos pintan en los departamentos de Ciencias Ocultas (perdón, Políticas, en qué estaría pensando). De mí, afirma que soy «uno de los intelectuales más maleducados y faltones del panorama literario». Admito que disto de representar el colmo del refinamiento, aunque junto a los gañanes que me lo reprochan podría pasar por Petronio, y en cuanto a faltón, también incurro a veces en ello, si bien sólo contra gentuza evidente. Pero acierta Sánchez Cuenca al ponerse la venda antes de la herida: nadie que me llame intelectual se irá tan pancho. Es un insulto que ni en broma tolero de mis mejores amigos, cuánto menos de un trepa más relamido que Pablo Iglesias («panorama literario», dice… ¡será cursi el tío!).

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Sánchez Cuenca aconseja a sus lectores que cojan aire para sumergirse en mi desfachatez intelectual (¡y dale!), consistente en haber sostenido desde este rincón de ABC, el pasado 7 de septiembre, que los refugiados sirios, para entrar en Europa, se valían de niños como reclamo patético. «Niños que arrojan al otro lado de fronteras teóricamente infranqueables o que tumban en las vías del tren», escribí entonces. Y no me retracto. No me inventé nada. Lo que contaba lo había visto por televisión toda Europa y no incluía juicio alguno.

Hoy sabemos que era mucho peor. Que los refugiados no eran en su mayoría sirios ni refugiados y que florecía el tráfico mafioso de niños en las fronteras turcas y griegas. No voy a insistir en lo obvio. Me interesa más lo que concluye de la lectura de mi columna el susodicho Sánchez Cuenca: «Juaristi –escribe el pájaro– piensa que los niños sirios son algo así como escudos humanos (¡los tumban en las vías del tren!) utilizados por sus padres para abrir las puertas de la fortaleza occidental». Y añade: «Los apologetas del asesinato terrorista empleaban un argumento bastante parecido al de Juaristi: según ellos, los guardias civiles manipulaban a sus hijos, los colocaban como escudos humanos…». Hay que ser muy estúpido para forzar así el sentido de mis palabras. En primer lugar, los escudos son un arma defensiva, no abren puertas. Un necio puede confundir escudos con arietes o ganzúas. Yo, no. Nadie atacaba a los refugiados y estos no se valían de los niños como escudos humanos. El propio Sánchez Cuenca escribe que «eran utilizados por sus padres para abrir las puertas de la fortaleza occidental» (lo escribe él, repito: ninguna de esas palabras es mía). Puede que en la casa paterna de Sánchez Cuenca abrieran las puertas con escudos humanos o con herraduras, él sabrá. En la mía usábamos llaves o picaportes.

Pero, sobre todo, rogaría a Sánchez Cuenca que no me confunda con sus amigos de Bildu. Nunca he acusado a los guardias civiles de manipular a sus hijos como escudos humanos. Eso lo hacían en las «herriko tabernak» que tanto frecuentas, Ignacio. Y tranquilo, que ya te darán la cátedra tus nuevos padrinos un año de estos. O, por lo menos, un tramo de investigación. Por el libro, digo. Yo te habría concedido, como mucho, un pico y un azadón, pero seguramente los habrías tomado por cubiertos para lubina, a pesar (o quizás a causa) de la esmerada educación que recibiste. De nada.

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