Enmienda total a la ingratitud

Es inmenso el hartazgo de tanto ver premiar la deslealtad

Hermann Tertsch
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«Somos españoles y pusimos la bandera… Pero nosotros no hemos hecho daño a nadie», se disculpaba con timidez y con miedo ante la cámara la mujer víctima de una nueva agresión nacionalista en Cataluña. Esta pudo haberle costado la vida a la familia. Quisieran o no quemar solo la bandera de España en aquel balcón, el caso es que el fuego provocado por unos desconocidos afectó a una puerta y diversos objetos y pudo haber incendiado la casa en la que dormían tres niños y varios adultos. Fue en Balasareny, uno de esos muchos pueblos en Cataluña de donde el Estado se retiró hace décadas y que gobiernan fuerzas separatistas con el terror ideológico contra quienes no son los suyos. Las muestras del despertar de la nación española, tras décadas de letargo y pasividad, que comenzaron a evidenciarse después del histórico discurso del Rey de España del 3 de octubre, con las grandes manifestaciones, ha llevado a muchos españoles a hacer lo que siempre quisieron y no se atrevían. También a esta familia que puso su bandera en el balcón. Para dejar claro que allí viven españoles orgullosos de serlo. Para gritar en silencio que se sigue creyendo en España aunque haya estado tanto tiempo incomprensiblemente, dolosa y dolorosamente ausente.

Este ataque incendiario es parte del esfuerzo separatista por volver a la situación de la dictadura del miedo, previa al discurso del Rey. Cuando nadie se atrevía a decir la verdad: que Balasareny es España. De momento los agresores han tenido éxito. Porque la pobre mujer reconoció llorando que «sí, sí hemos quitado la bandera. Porque aquí duermen tres niños». Están habituados a estar desprotegidos. Esto es lo que ha de cambiar. Esa familia española trabajadora y leal exige protección y ha de tenerla. Con su bandera en el balcón. El gobernante que se la niegue será arrollado.

Los españoles tienen una larguísima historia de siglos de superación de abandono y una ingratitud por parte de sus autoridades que casi forma parte de la identidad nacional. Van del maltrato a Hernán Cortés a los justificados lamentos de Blas de Lezo, de los españoles leales a España abandonados en los procesos de independencia en América a la justa indignación de José Antonio Ortega Lara por las infames concesiones de los gobernantes de Madrid, siempre para aplacar a los peores con desprecio a los mejores. La proverbial ingratitud del poder hacia los más leales servidores de la patria y la falta de interés del Gobierno por los miedos e intereses de los más humildes se nota tanto en esta falta de protección a los españoles no separatistas en Cataluña, como en el desprecio del Gobierno a los intereses de regiones que no recurren al chantaje y al victimismo como los nacionalismos.

Ahora tendrá que tener mucho cuidado este Gobierno -y cualquiera que le suceda- para no caer en el consabido hábito de favorecer a los peores. Para no caer en enjuagues y apaños políticos que ya se le ofrecen para premiar al traidor, ventajista y delincuente. Lo podría pagar muy caro. Ese rumor difuso que los gobernantes y los políticos en general comenzaron a sentir después del discurso del Rey y de las movilizaciones, pero que ya perciben con tan creciente claridad como inquietud, son el eco de un movimiento de profundo hastío que exige enmienda a los errores. Que ansía castigar la felonía de la injusticia permanente, la cobardía de los gobernantes frente al delito y al abuso y su ingratitud hacia esos millones de españoles pacientes, trabajadores, contribuyentes, leales, solidarios, patriotas y hoy indignados y definitivamente hartos.

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