Gabriel Albiac

Un drama socialista

Sé que hay gentes en el PSOE que ven con horror esto. Y en ese drama socialista se juega hoy todo

Gabriel Albiac
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En mi fin, mi principio…; suena como un susurro en Eliot: in my end is my beginning. Releo ese momento mayor de la poética del siglo XX, tal vez para sedar este desasosiego de ruidos destemplados que vienen de Cataluña y lo devoran todo. Ahora, cuando el 78 acaba. Porque a eso nos asomamos: al fin del ciclo abierto en 1978. Ambiguo, como lo son todos los que una nación llama constituyentes. Paradójico, como no puede no serlo un código llamado a recorrer tramos largos de la historia. Y, al fin, acotado por el tiempo, como todo cuanto concierne a los hombres. Si sabemos entenderlo así y codificarlo, el fin del ciclo no lo será de la nación; sólo de una de sus formas constituidas, esas criaturas del tiempo. Porque el tiempo es el vendaval que nos destruye. También, la materia de la cual estamos hechos. Eliot: «sólo en el tiempo, el tiempo es conquistado».

El vendaval que arrastra a Cataluña -y, en Cataluña a políticos indeciblemente presos de la locura- es síntoma. Síntoma de que los juegos de tensiones que compusieron -siempre es así- la Constitución se han modificado. Y que esa alteración de sus vectores, al hacer ahora primar lo descompositivo sobre lo armónico, fuerza a una codificación nueva. Que preserve a la nación, que es lo que, desde Sieyès, sabemos que pervive como continuidad bajo el flujo vertiginoso de sus constituciones. La nación nunca es obvia. Pertenece a ese orden estructurador que Heráclito llamaba «la armonía oculta, cuya fuerza es más grande que la de la manifiesta». La nación, fuerza invisible que nos hace en silencio ser lo que somos, sobrevive a los cataclismos que ven disolverse Estados y constituciones. Y el gran Heráclito halla, en la homonimia de su lengua griega, la metáfora intemporal que aún hoy estremece a quien lo lee: «del arco, el nombre es vida y la obra es muerte». En el fin que vivimos estos días está el principio. No sabemos si ese principio va a ser destructivo o armónico.

De todo lo que ha ido pasando -mucho- en el vértigo de estas semanas, para mí lo más grave fue la votación parlamentaria del martes. Mal preparada por Ciudadanos: cuando uno se está jugando un golpe de Estado, no puede ir a una votación sin haber negociado y blindado previamente el acuerdo mayoritario con las demás fuerzas constitucionales. Peor resuelto por el PSOE: ante un golpe de Estado, los resquemores entre constitucionalistas deben ser pospuestos, so pena de que el electorado se enfade y te abandone; so pena, aún más grave, de haber favorecido el triunfo de los golpistas. No suele salir gratis eso.

Es la herencia de la fragilidad mayor del 78 lo que aquí se trasluce. El bipartidismo español se fundó entonces, no sobre la alternancia cooperativa que es lo propio en las democracias europeas. Primó la fantasmagoría del odio inconciliable. Fue fácil convertirlo en un motor electoral eficacísimo: tras una guerra civil sanguinaria y una dictadura interminable, apelar a los afectos heridos era fácil y rentable. Tenía un precio, sin embargo. Lo pagamos ahora. Una sedición sin lógica económica ni política puede triunfar en Cataluña sobre la fuerza -única pero eficaz- del odio. Una fractura anacrónica entre los partidos mayoritarios, sin más fundamento que ese odio legendario que fue recuperado por Zapatero y Sánchez, pone en riesgo la defensa de la nación misma.

Digo Zapatero y Sánchez. Sé que hay gentes en el PSOE que ven con horror esto. Y en ese drama socialista se juega hoy todo. De nuevo. «En mi fin, mi principio».

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