¿Se disculparán?

Convirtieron la desaparición de Diana en salsa estelar del circo

Luis Ventoso
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La comarca donde se produjo hace un año y cuatro meses el asesinato de Diana Quer, una veraneante madrileña de 18 años, es la misma donde Valle-Inclán ambientó sus «Comedias Bárbaras». Tierras de verde y mar muy hermosas, de naturaleza imponente, que ya no son tan rudas como fueron, pero con pliegues oscuros (el furtivismo y estructuras del narcotráfico, que ahí siguen). En aquella parte del Barbanza se yergue el mejor mirador de Galicia, la cima de A Curota, con una panorámica sobre las rías que corta el aliento. Valle, hijo de aquel universo, cuenta en su libro «La lámpara maravillosa» un paseo alucinado loma abajo, descendiendo tras fumar lo que él denomina «mi pipa de cáñamo índico». Este libro de 1916, que casi nadie lee y que a nadie importa en una España liviana y desmemoriada, es uno de los más bellos que se han escrito en castellano. En sus páginas el genio quiso destilar los principios de su teoría estética, deudora del quietismo, el ocultismo y el neoplatonismo. En realidad su mayor encanto radica en ver volar su prosa poética, libérrima e irrepetible.

Valle-Inclán escribió las «Comedias Bárbaras» barbanzanas, pero también destripó y caricaturizó con vitriolo los esperpentos de la Villa y Corte. Singularmente, sus dos mundos se han fundido en el caso Diana Quer. José Enrique Abuín Gey, el asesino confeso, de 41 años, casado y padre de una niña de 14, parece uno de aquellos gañanes de antaño, un bruto salido de las páginas de la cuadrilla de Cara de Plata. Abuín, probablemente un psicópata, pasaba por algo lerdo y era un delincuente multirreincidente: robaba marisco y gasóleo y ayudaba a descargar y esconder cocaína. En 2007 lo pillaron con un alijo oculto en casa de sus padres. Le cayeron dos años y seis meses. Recurrió la sentencia y nuestra lamentabilísima justicia todavía no ha resuelto, lo que le permitía pasear, acosar -y matar- por la calle. En su día su cuñada, hermana gemela de su mujer, ya lo había acusado de violarla.

Pero en esta historia hay también esperpento. Lo aportaron las reinas de las mañanas televisivas. Durante un año y seis meses convirtieron la desaparición de Diana en un circo, que trufaron de disparates, acusaciones veladas y medias verdades. Solo diez días después de que se perdiera su rastro, Ana Rosa ya tenía su exclusiva, un supuesto ex novio: «Diana es muy confiada, se iba con cualquiera». «Me dijo que estaba con un chico marroquí que fumaba hachís». Susanna no le iba a la zaga. «Directo desde A Pobra: Un revelador tuit pondría de manifiesto su deseo de irse de casa», rezaba el rótulo de una crónica urgente desde la zona. El mensaje subliminal parecía siempre claro: una chica casquivana, que quién sabe a dónde se habrá largado. Las relaciones privadas de los padres, los problemas de la hermana, todo se arrojó al plató de la carnaza.

Diana, hoy lo sabemos, solo tuvo la desgracia de toparse con un depredador. ¿Pedirán disculpas las ponderadas divas de las mañanas? Ay, lo que podría escribir Valle...

Luis VentosoLuis VentosoDirector AdjuntoLuis Ventoso