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LA TERCERA

Los diálogos

«Quienes leemos el Diario de Las Tres Letras hemos asistido recientemente a dos formidables entrevistas organizadas por el periódico: los Diálogos ABC, una novedosa fórmula periodística que nos permitió, vía streaming, verlos en directo a través de los dispositivos electrónicos. Menudo colocón intelectual y emocional pillé. Ambos actos transcurrieron para mí en un tiempo sin relojes, fascinado por la palabra elegante y el gesto pausado»

Los diálogos
EMILIO LARA - Actualizado: Guardado en: Opinión

Durante mi infancia y adolescencia La clave era un programa sagrado en mi casa. Su inquietante música, la película y el coloquio fueron hitos televisivos en la Transición y primeros años de la democracia. José Luis Balbín, con su omnímoda cultura, moderaba una tertulia en la que los invitados hablaban sin atropellarse ni insultarse y exponían sus argumentos con libertad. Resultaban inimaginables las bocas emputecidas, los gestos chulescos, el griterío verdulero y la sustitución del pensamiento sedimentado por eslóganes y clichés. Era para quedarse embobado ver cómo aquellos hombres y mujeres, entre la neblina del tabaco de pipa, hablaban con solvencia de variados temas. Muchas veces sus ideologías eran antagónicas, pero entre ellos se escuchaban con un respeto reverencial. A través de los televisores de abombadas pantallas, mucha gente aprendió el arte de debatir, conoció a personas que eran historia viviente y se apasionó con la historia, la literatura y el cine.

Los lectores de un periódico no sólo coincidimos básicamente en nuestra escala de valores, sino que compartimos una comunidad de creencias y afectos que nos religa con otras generaciones actuales. E incluso, en el caso de este diario de la grapa, existe un sentimiento de hermandad retrospectiva con quienes nos precedieron, pues un lector hipster y otro de bigote engominado de hace un siglo probablemente coincidirían en buena parte de sus principios. Sobre todo, en su querencia por España.

Quienes leemos el Diario de Las Tres Letras y vivimos desperdigados por la geografía hemos asistido recientemente a dos formidables entrevistas organizadas por el periódico: los Diálogos ABC, una novedosa fórmula periodística que nos permitió, vía streaming, verlos en directo a través de los dispositivos electrónicos. Ambas tardes llegué a mi casa con prisa para sentarme delante del ordenador y ver, en una abarrotada sala madrileña y con una sobria escenografía, cómo Pérez-Reverte conversaba con Ferrer Dalmau y cómo Bieito Rubido entrevistaba a Vargas Llosa. Menudo colocón intelectual y emocional pillé. Ambos actos transcurrieron para mí en un tiempo sin relojes, fascinado por la palabra elegante y el gesto pausado. En el primer Diálogo se habló de pintar la historia; en el segundo, de literatura y vida.

Con las ciudades pasa como con las personas: unas no merecen la pena, otras queremos conocerlas más a fondo, y algunas nos dejan tan prendados que cada vez que regresamos a ellas tenemos la sensación de estar en casa. A mí me sucede con Roma, con su condensación de belleza, sus edificios ocres y sus atardeceres. Esa dulce luz romana la plasmó Ferrer Dalmau en el cuadro Regimiento España 1849, en el que, con el Vaticano al fondo, los lanceros españoles escoltan a Pío IX. Y otra suave luz, esta la de un atardecer anubarrado, es la del lienzo Nostalgia, en el que una pareja de guardias civiles a caballo contempla un pueblo desde la distancia. En cualquiera de sus pinturas reconocemos un pasado común de gloria o derrota, pero siempre épico. Y es que el catalán Augusto Ferrer Dalmau es más que un pintor de batallas. Es un retratista de la historia.

He paseado silbando Tipperary por el Imperial War Museum de Londres, y en el Museo de la Historia Alemana, en Berlín, al toparme con el sombrero que llevó Napoleón en Waterloo he gritado «la Garde recule!», porque en los museos, quienes pensamos con perspectiva histórica, experimentamos regresiones al montarnos en una máquina del tiempo. Algo que también consigue Ferrer Dalmau con sus excelentes obras: fotogramas de una grandiosa película que contemplamos hechizados. Sus cuadros son los recuerdos en cinemascope de quienes hicieron la historia.

El pintor barcelonés y el escritor cartagenero charlaron como dos viejos camaradas. Hubo ironía, desdén por la gazmoña corrección política y ósmosis vital entre quien ha pintado El último tercio, ambientado en Rocroi y el creador de Alatriste, el celebérrimo personaje muerto literariamente en dicha batalla, en 1643. La obra de Ferrer Dalmau no sólo tiene el magnetismo de la evocación, sino que defiende a corazón abierto un patriotismo enraizado en el pasado prolongado hasta nuestros días. Su pintura reivindicativa es auténtica kryptonita contra los del pensamiento okupa que pretenden manipular nuestra historia o silenciarla.

La esgrima dialéctica propiciada por Arturo Pérez-Reverte es la misma que podemos apreciar en los diálogos de sus novelas, en sus concisas descripciones de un paisaje o de un estado anímico. Es de la estirpe de escritores que consiguen que, al coger uno de sus libros, nos sumerjamos en ellos con idéntico placer al de quienes, sedientos y al anochecer, entraban en un garito clandestino durante la Ley Seca.

En el segundo Diálogo, Mario Vargas Llosa, preguntado por el director del periódico, habló como suele: cortejando al idioma. El premio Nobel no sólo es un embajador plenipotenciario de nuestra lengua, sino el autor de la, posiblemente, mejor novela del s. XX escrita en español: La fiesta del chivo. Con su hermoseada palabra, rememoró la Barcelona acogedora de los primeros años setenta en la que vivió y donde los independentistas eran reliquias, elogió la tauromaquia, evocó su amor por la lectura y su temprana capacidad fabuladora y reivindicó con pasión la libertad, amenazada por los populismos. Y si leerlo es un alborozo, escucharlo es dejarse llevar por el río de sus deslumbradores razonamientos, de su celebración de la vida. Por eso seguí aquel Diálogo absorto, como hacían miles de españoles cuando veían La clave, celebrando el festín de la inteligencia.

Y al igual que cuando salimos del cine comentamos una película que nos ha entusiasmado, al día siguiente de cada Diálogo los amigos nos buscamos en el trabajo para opinar, y nos mostramos en los móviles cuadros de Ferrer Dalmau mientras los corazones sonaban a ritmo de tambor. Presté El asedio y El sol de Breda de Pérez-Reverte como si fuesen un botín, y dejé Travesuras de la niña mala de Vargas Llosa advirtiendo que era una historia de amor inolvidable.

Y luego, pasó de mano en mano el ABC.

El de siempre.

Emilio Lara es historiador y escritor

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