La Tercera

¿Diálogo?

«Para los que todavía duden acerca de lo que quiero transmitir hoy, les diré que la traición no se combate con el diálogo. Por eso mismo, quiero dejar muy claro mi testimonio de cercanía, gratitud y admiración hacia la Guardia Civil y la Policía Nacional. Es un orgullo tenerles y sepan que España, casi entera, está con ustedes»

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Claro que queremos diálogo, pero no como mantra. Queremos un diálogo productivo que necesita de orden, respeto y objetivos. Mi padre, aclamado como artífice del consenso -fruto principal del diálogo- señalaba que ese consenso solo se puede exigir en torno a una cosa: «La voluntad profunda de convivir en libertad».

Cuando se quiebra la convivencia en libertad violando las leyes, rompiendo juramentos, traicionando los mandatos recibidos y utilizando los medios del Estado para alzarse contra él, solo cabe un diálogo: el que se debe dar entre los culpables de esas conductas con los jueces y fiscales. Ese es el primer diálogo que, los que defendemos la Constitución de la Concordia, reclamamos con todas nuestras fuerzas hoy. Ya se ha cometido un delito de sedición y se nos ha anunciado el de inminente rebelión.

Dicho esto, es exigible otro diálogo, si me apuran, más importante y, cuya ausencia, es la causa principal del sinsentido que estamos viviendo estos días. Me refiero al que se debe dar entre todos los partidos constitucionalistas para garantizar la convivencia en libertad. Lo digo sin ambages: la culpa no es del que pide, sino del que injustamente concede. PP y PSOE hemos estado concediendo a nacionalistas de uno y otro lado dineros y competencias que nunca debieran haber sido concedidas. Y lo hemos hecho para no tener que negociar el uno con el otro. Porque nos hemos considerado enemigos en lugar de compañeros con opiniones distintas en la construcción de España. Porque es mucho más fácil comprar votos que convencer. Es imprescindible que PP y PSOE, a los que hay que sumar a Ciudadanos y a muchos otros partidos respetuosos con la Constitución, garanticemos la estabilidad de quien gane las elecciones, aunque sea por un voto. Quien las gane tendrá un contrato con la sociedad: su programa. Los demás la obligación de respetarlo con el lógico derecho de oposición. Y por encima de todo, el compromiso de no tocar sin acuerdo lo fundamental: la Defensa, la Educación, la Justicia y, por supuesto, la Constitución. España no la han construido unos u otros, la hemos construido entre todos y es responsabilidad de todos mantenerla y desarrollarla.

Hoy no es momento de reproches. Ni el más mínimo. Hay que hablar discretamente en un despacho y actuar conjuntamente a la vista de todos. No están atacando al PP o a Mariano Rajoy: nos están atacando a todos, a España. No dudarán en utilizar lo que esté en su mano y el mejor regalo que le podemos hacer a los golpistas es nuestra desunión.

Son necesarias muchas reformas, pero ninguna por imposición. He defendido siempre que las reformas deben pactarse antes de proponerlas, pero ante la traición de este domingo, me atrevo a proponer instaurar, a nivel nacional, una exigencia que ya rige en los parlamentos autonómicos: que no se pueda acceder al Congreso de los Diputados si no se tiene un porcentaje mínimo de votos a nivel nacional. Ello debería ir acompañado de la oportuna reforma que hiciera de nuestro Senado una verdadera cámara de representación territorial en la que puedan estar representados esos partidos regionales. Esto acabaría con el auténtico chantaje al que se han visto sometidos los partidos de ámbito nacional durante los últimos cuarenta años y que culminaron ayer con la infame traición de los separatistas catalanes. Una traición vivida a cámara lenta durante muchos años y de la que se han lucrado, miserablemente, sus principales actores de forma personal. Da la impresión de que la prisa, en esta etapa final, tiene mucho que ver con la búsqueda de la impunidad para todas esas tropelías ante la previsible condena de los tribunales que ven, ya por fin, muy cerca.

Hemos llegado demasiado lejos. No se puede ser más dialogante ni más tolerante de lo que hemos sido los españoles en la construcción de la España que todos disfrutamos hoy. Debemos estar orgullosos de ello, no hay por qué arrepentirse. Todo lo que se ha hecho en aras de la convivencia es bueno. Mi padre no fue un presidente democrático en su inicio, pero asumiendo esa falta de legitimidad democrática inicial, fue capaz de conducir todo un pueblo hacía el sueño colectivo de un país plenamente democrático sin conculcar jamás la ley vigente, por muy dictatorial que pudiera considerarse. El gran secreto de la Transición no está en un gran Rey o un gran presidente o un gran pueblo. De todos ellos hay mucho. Lo que no se había visto jamás, es que aquellos que mataron y murieron en la guerra más brutal, se pusieran de acuerdo, sin olvidar ni violar ley alguna, para no volver a morir ni a matar nunca; y lo hicieron construyendo, entre todos, un Estado democrático y de derecho bajo la forma de una moderna monarquía parlamentaria. Ese es el verdadero legado. No es aceptable que nadie diga que él no participó en ese acuerdo. ¡Por supuesto que todos hemos participado!, porque todos participamos de sus frutos. El que hoy alguien pueda expresarse con libertad en un parlamento, es fruto de aquel acuerdo. Hoy es legítimo -y legal- en España tener un sueño y defenderlo en cualquier foro, lo que no es legítimo -ni legal- es imponer ese sueño a los demás.

Para los que todavía duden acerca de lo que quiero transmitir hoy, les diré que la traición no se combate con el diálogo. Por eso mismo, quiero dejar muy claro mi testimonio de cercanía, gratitud y admiración hacia la Guardia Civil y la Policía Nacional. Es un orgullo tenerles y sepan que España, casi entera, está con ustedes. Acabo de llegar de Melilla, tierra en la que sirvió mi padre como alférez, en la que mi hijo y yo hemos jurado lealtad a la Bandera; tierra que ha sido testigo de brutales ataques a la integridad de España, todos ellos superados gracias al sacrificio y determinación de unos pocos al servicio de todos. Hoy no hay mejor manera de honrar y agradecer su sacrificio que el mantener la firmeza en el respeto a la Constitución de todos, sin excepción. Con toda la contundencia que el ataque recibido requiera. No debe haber furia, pero tampoco complejo.

Adolfo Suárez Illana es abogado