Antonio Burgos

La desconexión

¡La de millones que nos ha costado a los españoles cantar a los catalanes el «no te vayas por favor,/no te vayas todavía»!

Antonio Burgos
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Se celebró en Sevilla el XXV aniversario de la Exposición Universal de 1992 y la gente volvió a quedar encantada recordando lo bien que se lo pasó, de pabellón en pabellón, en aquella inmensa feria sin abril, mientras los padres explicaban a sus hijos los portentos que se obraron en la cartujana Isla del Tesoro; tesoro en el que muchos pusieron la mano, pero de eso no se ha hablado. En cambio, se ha celebrado en Barcelona el XXV aniversario de los Juegos Olímpicos y no sé a ustedes, pero a mí, como El Piyayo de José Carlos de Luna, me ha dado pena, aunque no me haya causado precisamente un respeto imponente, sino una enorme perplejidad. No tenían que haber celebrado los 25 años de la Olimpiada de Barcelona y mucho menos poner vídeos retrospectivos. Han sido para echarse a llorar. ¿A llorar por qué? A llorar por España, sin ir más lejos. ¿Ustedes saben lo que es que pase Don Felipe de Borbón con la bandera de España y que suene la Marcha Real, y que en un estadio de Barcelona no le piten, ni le silben, ni le abucheen, sino que le aplaudan hasta romperse las manos? Pues esa es la lección triste que hemos sacado de la conmemoración olímpica: toda la España que hemos perdido en Cataluña en sólo veinticinco años. El tango dice que «veinte años no es nada», pero a efectos del separatismo, veinticinco son muchísimo: la distancia que media de aceptar los símbolos nacionales como algo propio a convertirlos en obligado objeto de ultraje. Comparar Barcelona 92 con las últimas finales de la Copa del Rey es constatar cómo los separatismos han emponzoñado a España en cinco lustros. A pesar de los miles de millones del maná del centralismo que se invirtieron en 1992 para que estuvieran contentos y no sintieran agravio con la Expo de Sevilla, y a pesar de las paletadas de muchos más millones que de Pujol a esta parte hemos seguido dándoles, ahora para que no se vayan. ¡La de millones que nos ha costado a los españoles cantar a los catalanes «Las sevillanas del adiós» de Manolo Garrido, el «no te vayas por favor,/no te vayas todavía»!

Y si todo lo expuesto no les ha deprimido suficientemente, algo que me suena a desgarro, a las contradicciones morales de aquella película sobre la eutanasia que tanto gustó a la progresía, «Mar adentro». Es estrictamente terrible que a la puesta en marcha del «proceso» separatista le llamen como a la ejecución de la eutanasia: la desconexión. El referéndum a la venezolana que han sacado me recuerda al «divorcio express»: basta que una de las partes quiera para que puedan separarse de España, aunque voten cuatro gatos; no hay que alcanzar la mayoría absoluta, ni la mitad del cuarto de todas aquellas dificultades que, por ejemplo, puso la UCD a Andalucía cuando quiso aprobar algo tan inofensivo como su autonomía en el histórico 28-F. La UCD sacó a Lauren Postigo para decir: «Andaluz, este no es tu referéndum». El del mocho de fregona en la cabeza ha sacado a Yoko Ono: «Catalán, éste sí es tu referéndum...y se va a aprobar por cuyons». Y para que el mismo Día del Caudillo (que eso fue paradójicamente durante decenios el 1-O, el Día del Caudillo) no haya el menor problema para coger Puerta, Camino y Mondeño con la independencia, ponen en marcha «la desconexión». Si no fuera asunto tan serio, me lo tomaba a cachondeo diciendo que «desconexión» eso suena a cuando se descacharra el Internet y no hay wifi; o cuando no pagas el recibo y viene el tío de los alicates a cortarte la luz. Pero es dramático, el «se separan como la uña de la carne» del Poema del Cid, esto de que a la culminación del separatismo en forma de independencia le hayan puesto el mismo nombre que cuando a un enfermo terminal se le practica la eutanasia y le desenchufan los cables y tubos que le mantienen con vida: «la desconexión». Y mientas, todos tan tranquilos, y ¡hala!, a estrenar vacaciones y a la playa...

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