Salvador Sostres

La demolición

Lo que vimos el domingo en el Camp Nou será la tónica general de la temporada porque el Barça deambula sin rumbo ni sentido

Salvador Sostres
BarcelonaActualizado:

El Barcelona ha demolido todo lo extraordinario que Cruyff y Laporta crearon con su espíritu del hombre libre que cree en la belleza y en el talento. El alma tiene una tensión en la que hallan su esplendor los dones que nos fueron concedidos y en su reverso el odio capaz de tragarse cualquier luz.

Cuando Joan Laporta llegó a la presidencia, el club colapsaba de vulgaridad y el equipo no jugaba a nada ni había proyecto, relato o esperanza que señalaran el camino. Y más allá de la contabilidad diaria, cualquier persona o grupo necesita, para crecer en la gesta, un motivo, un sentido, un destino. Cruyff y Laporta supieron dárselo a aquel Barça destartalado y pese a las muchas críticas, presiones y el juego sucio de la prensa comprada del establishment barcelonés -que vio como Laporta acabó con sus chanchullos y sus mordidas- ambos el profeta y el presidente escribieron unas páginas de muy difícil superación y que jamás se van a olvidar.

Luego llegó Rosell con su resentimiento atroz y el único propósito de desmantelar lo logrado por el presidente anterior. Bueno, no fue exactamente su único propósito y es fácil entenderlo tomando en consideración que es el único detenido de los últimos meses que continúa en la cárcel. El fichaje de Neymar fue una redonda declaración de principios: con él intentaron sustituir a Messi como estrella del equipo para demostrar que eran más listos que Laporta y a la vez darle una lección de superioridad moral al Madrid como hacen siempre -y en eso la izquierda ha sido legendaria- los que además de quinquis son unos fantasmas. Por el camino estafaron a Hacienda y naturalmente las comisiones volaron. Su reciente venta -porque no nos lo han «robado», sino que lo hemos vendido porque estábamos arruinados y una directiva que se sabe finiquitada ha querido hacer su último agosto en el supermercado- ha sido la culminación de una de las mentiras más descaradas y escandalosas del deporte español de los últimos tiempos.

Y entre el odio y la fechoría, todo lo que en la luz de Laporta y Cruyff halló su esplendor se ha ido pudriendo y el Barça que vimos el domingo en la ida de la Supercopa es una enviudada parodia de lo que fue, la decrepitud en la que inevitablemente caemos cuando lo que se basó en la inteligencia, en el talento y en el afán de belleza trata de tramposamente sustentarse en la mentira, en la mediocridad y en el odio. Y aunque no me alegra que esté separado de su familia ni privado de libertad, que Rosell continúe en la cárcel no es ni una conspiración ni una casualidad: es una metáfora.

El Barcelona ha perdido su alma y el Madrid luce la suya más radiante que nunca. Es lo que va de una banda de incapaces a un presidente que ha sabido y podido superar todas las contrariedades porque sabía lo que hacía y lo que quería para que su club continuara indiscutiblemente inscrito en la eternidad.

Lo que vimos el domingo en el Camp Nou será la tónica general de la temporada y no por ningún pesimismo del culé fatalista sino porque el Barça deambula sin rumbo ni sentido, con el empuje agotado de la inercia ganadora y los compinches del presidiario haciendo méritos para en breve acompañarle con estos fichajes que son el modo más humillante de reírse del socio en la cara y de decirle entre carcajadas: «Te estamos robando, desgraciado». Sólo así pueden entenderse Paulinho y Semedo: y con los millones de euros que el día menos pensado aparezcan en cualquier cuenta opaca naturalmente a nombre de los de la superioridad moral. Será el último cañoneo de la época más deprimente de la historia del Barça.

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