El contrapunto

Daños colaterales del «procés»

2017 ha sido un año de parálisis parlamentaria y frustrante debate monotemático en bucle

Isabel San Sebastián
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Ha sido tan fuerte la patada propinada a la Constitución, tan abierto el desafío al Estado de Derecho, que hemos puesto el foco sobre ese aspecto crucial del «procés» independentista: el golpe desvergonzado al corazón de la democracia. Sin embargo, los daños provocados por la asonada perpetrada el pasado uno de octubre van mucho más allá de ese intento frustrado. Son auténticos estragos que en muchos casos apenas hemos empezado a entrever. Revisten tal gravedad que no hay cárcel capaz de castigar proporcionalmente el mal causado. Solo el tiempo brindará la perspectiva suficiente para juzgar el delito en toda su trágica dimensión, porque las víctimas de esta monumental estafa no somos únicamente los españoles de hoy.

El «procés» de marras ha destruido la convivencia en Cataluña de manera difícilmente reparable. Ha dado un vigor aterrador al fantasma del supremacismo, con su repugnante carga de racismo apenas encubierto, abriendo un camino que en el pasado condujo a consecuencias dramáticas. Ha sembrado esa semilla venenosa en los corazones de varias generaciones de jóvenes intoxicados de odio quién sabe si de por vida. Ha laminado la tolerancia y cordialidad características de esa región mediterránea. Ha relegado esa comunidad autónoma al furgón de cola de las preferencias nacionales e internacionales a la hora de escoger un destino vacacional, convirtiendo en un lugar desagradeble el que antes se situaba a la cabeza de las preferencias.

El «procés» de marras ha expulsado de Cataluña a millares de empresas, abriendo una vía de agua a la economía local que puede terminar en naufragio porque está lejos de cerrarse. Ha costado incontables de puestos de trabajo que irán a más (o a menos, según se mire). Ha tensionado seria e innecesariamente a las grandes compañías españolas cotizadas, dificultando una recuperación imprescindible tras la brutal crisis padecida estos años atrás. Ha mermado la confianza que inspira nuestro país como foco de atracción de inversiones, en un momento en el que el Brexit nos proporcionaba oportunidades irrepetibles. Ha hecho perder a los ahorradores miles de millones en la bolsa. Ha erosionado la imagen exterior de España hasta extremos que serían cómicos si no fuesen trágicos, en virtud de una combinación perversa entre la habilidad proverbial del «nazionalismo» en el manejo de la propaganda y la torpeza del Gobierno a la hora de articular una respuesta adecuada dirigida especialmente a los medios de comunicación internacionales. Ha debilitado la posición de Madrid en la Unión Europea, no solo porque nadie quiere problemas ni situaciones susceptibles de crear precedentes peligrosos, sino porque la actividad diplomática ha tenido que centrarse en mantener intacto hasta el último apoyo, desviando la atención de otros asuntos de gran interés para nosotros y obligándonos a pedir favores que antes o después habrá que pagar.

El «procés» de marras ha monopolizado en la práctica toda la actividad política, con el consiguiente abandono de cuestiones determinantes para el futuro del conjunto de los españoles como la educación, el I+D, el medio ambiente, el reparto del agua, la violencia machista y otro sinfín de causas que deberían haber sido objeto de atención preferente. El 2017 ha sido un año perdido desde el punto de vista legislativo. Un año de parálisis parlamentaria y debate en bucle, sin otro resultado que la frustración colectiva, la rabia y el hartazgo ante el protagonismo permanente de quienes no hacen otra cosa que crear conflictos. Todo eso y más miseria nos ha traído hasta hoy este «procés» maldito. Es hora de acabar con él. Los jueces ya han empezado. A ver si también los políticos cumplen con su deber.

Isabel San SebastiánIsabel San SebastiánArticulista de OpiniónIsabel San Sebastián