Cerámica

Instinto de supervivencia. Forcadell finge su retractación, su fe de erratas, y el juez finge creérsela a medias

Ignacio Camacho
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A Carme Forcadell, de profesión catedrática de enseñanza secundaria, no parece gustarle mucho la cerámica. Al menos la que se imparte en los talleres de las prisiones femeninas en España. La perspectiva de dedicar sus horas libres, que en presidio son casi todas, a una tarea tan poco grata ha modificado de golpe su criterio sobre la declaración de independencia cuya votación impulsó y dirigió con mano tan firme como arbitraria. Era simbólica, dijo ante el Tribunal Supremo, una cosa sin valor jurídico, pura retórica, una insignificancia. Todo de mentirijillas, señorías; la secesión era una performance, una nimiedad, quincalla parlamentaria. Igual que eso de las llamadas a la resistencia contra el Estado y tal; palabrería política, cháchara para la clientela, logomaquia. En realidad, esto del procés no va en serio, somos gente de confianza. Y de paso acató también la intervención, artículo 155 mediante, de la autonomía catalana. Imponen mucho esos ropones, las señorías togadas con poder de enviar a cualquiera a la cárcel enarcando las cejas desde ese estrado de sillas altas. Pena que tan farisaica retractación, tan humillante fe de erratas, no le haya servido del todo: le toca alguna clase de cerámica.

En esto ha quedado el 27 de septiembre cuando están delante los magistrados. A esto se reduce la retadora arrogancia de aquel texto tan solemne que proclamaba la República en Cataluña y daba por iniciada la construcción de un nuevo Estado soberano. Todo era metafórico, intrascendente, imaginario; jugaban a la emancipación de la señorita Pepis sin intención de hacer nada malo. Y ella, Carme Forcadell, la presidenta del Parlamento, la que se negó a escuchar las advertencias de sus letrados y a admitir las protestas de ilegalidad de la oposición, era una mandada que se limitaba a tramitar las mociones sin potestad alguna para reconducir las demandas de los diputados. La revolución independentista no era más que un pasatiempo, un devaneo sin consecuencias para mantener la cohesión de los partidarios.

Claro que se trataba de una estrategia, o más bien una táctica, de defensa. Ni Forcadell ni sus colegas reconocen otra justicia que no sea la que quieren crear para sí mismos con su dichosa independencia. Han fingido su acatamiento de la ley a la espera de que el juez fingiese creérselo siquiera a medias; mero instinto de supervivencia. Pero lo dicho ante el secretario judicial, dicho está, y lo allí escrito, escrito queda. A ver si los suyos, los jubilosos prosélitos que agitaban esteladas en la calle, aceptan que a la hora de la verdad a los héroes de la revolución les tiemblen las piernas y apostaten de su designio o se fuguen a Bruselas. Al menos a Junqueras, que ahora pasa los lentos días iguales entre la gimnasia y la celda, nadie le podrá reprochar que no arrostrase su iluminada aventura con todas las consecuencias.

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