La Tercera

Los bueyes

«Hardy no creía en la leyenda. Pero lamentaba la desaparición del mundo que hacía posible esa ingenua fe infantil que imaginaba a los bueyes arrodillándose en un establo. Y también lamentaba la desaparición #de la sociedad rural en la que él había crecido: una sociedad pequeña, autosuficiente y encerrada en sí misma, una sociedad de narradores rurales y de músicos y buhoneros que recorrían los caminos»

Los bueyes
Por Eduardo Jordá - Actualizado: Guardado en: Opinión

EN la novela «Tess la de los D’Urberville», Thomas Hardy contaba la historia de un músico aficionado que volvía de noche a su casa tras haber tocado en una boda. Cuando el hombre estaba cruzando un prado, un toro furioso le atacó. El hombre corrió y corrió hacia una valla, pero el toro estaba ya a punto de atraparlo. Desesperado, el músico recordó la vieja leyenda de los bueyes que se arrodillaban en los establos cuando llegaba la Nochebuena, igual que habían hecho sus antepasados bovinos en el portal de Belén. Y en eso, el músico -se llamaba William Dewy- se sacó el violín que llevaba en el morral y se puso a tocar un himno navideño. Al oír las notas, el toro dobló mansamente las rodillas y se quedó quieto en el prado. William Dewy saltó la valla y logró regresar sano y salvo a su casa en la campiña de Dorset, allá por 1890.

«O sea que llegaba la Nochebuena, y a las doce de la noche, en sus establos, los bueyes y los burros se arrodillaban sobre la paja. Y a su manera, también celebraban el nacimiento de Dios»

Durante muchos años, en la víspera de la Navidad, las madres de las zonas rurales de Inglaterra contaban a sus hijos la historia de los bueyes que se arrodillaban en el establo para celebrar el nacimiento del niño que muchos años antes también había nacido en un establo. Nadie explicaba por qué sucedía aquello -las leyendas nunca pueden incluir una explicación racional-, pero se daba por supuesto que los animales poseían una especie de memoria genética que les impulsaba a repetir lo que habían hecho sus antepasados en el portal de Belén. O sea que llegaba la Nochebuena, y a las doce de la noche, en sus establos, los bueyes y los burros se arrodillaban sobre la paja. Y a su manera, también celebraban el nacimiento de Dios.

Si me hubiesen contado esa historia cuando yo tenía cinco o seis años, la hubiera creído sin ninguna duda. No sé si un niño actual lo podría creer, pero me gustaría pensar que sí, porque los niños siguen teniendo una predisposición a aceptar lo maravilloso que se mantiene intacta al menos durante tres o cuatro años, a pesar de la estupidez que tienen que tragarse en la televisión y en los patios del colegio. No sé si la leyenda de los bueyes llegó también a España, pero es posible que llegase, porque forma parte de los mitos que se transmitían a través de la narración oral porque eran la única forma que tenían los seres humanos de conocer el mundo y de explicárselo y de hallarle un sentido. Esas leyendas viajaban de un sitio a otro y se adaptaban a las circunstancias de cada pueblo, y lo que en un lugar ocurría con los bueyes, en otro ocurría con burros o con corderos, pero el mito perduraba y la leyenda permanecía inalterable. De modo que es posible que esta leyenda esté recogida en alguna tradición oral que tal vez oyese contar mi abuela cuando era niña. O la madre de mi abuela. O la abuela de mi abuela. Y aunque no tengo ninguna certeza de que eso ocurriera, me gustaría creer que fue así.

Hacia 1845, la madre de Thomas Hardy le contó esta historia a su hijo. Y muchos años después, en 1915, cuando el escritor tenía 75 años, compuso el poema «Los bueyes», que es uno de los mejores poemas que he leído en mi vida. Si hay un poema adecuado para las felicitaciones de Navidad, es éste de los bueyes, del que Miguel D’Ors hizo una excelente traducción al castellano (hay otras, también muy buenas, de Joan Margarit y de Antonio Rivero Taravillo). Cuando escribió el poema, Thomas Hardy era un escritor que había tenido muchos problemas con las autoridades eclesiásticas. En sus novelas criticaba con ferocidad a la Iglesia y las convenciones sociales, y llegó a recibir tantas críticas por obsceno e inmoral que decidió no escribir más novelas. A partir de 1895 decidió dedicarse tan sólo a la poesía. Y un día recordó la historia que le había contado su madre sobre los bueyes que se arrodillaban a medianoche, el día de Nochebuena, y entonces escribió el poema, que termina así: «Pocos podrían urdir tan bella fantasía/ en estos años. Sin embargo siento/ que si alguien nos dijera en Nochebuena: “Ven/ a ver cómo los bueyes se arrodillan/ en el corral a solas, junto a aquel/ valle que nuestra infancia frecuentaba”,/ yo me iría con él por la penumbra,/ con la esperanza de poderlos ver».

Por supuesto que Hardy no creía en la leyenda. Pero lamentaba la desaparición del mundo que hacía posible esa ingenua fe infantil que imaginaba a los bueyes arrodillándose en un establo. Y también lamentaba la desaparición de la sociedad rural en la que él había crecido y había aprendido a construir casas trabajando con un maestro de obras: una sociedad pequeña, autosuficiente y encerrada en sí misma, una sociedad de narradores rurales y de músicos y buhoneros que recorrían los caminos, una sociedad en la que una diligencia tardaba cinco días en hacer un recorrido de doscientos kilómetros.

El hecho se silenció, pero los diarios de los soldados y oficiales que vivieron aquella tregua de Navidad no dejan lugar a dudas

El día de Nochebuena de 1915, «Los bueyes» fue publicado en «The Times» como un regalo a los soldados ingleses que luchaban en las trincheras de la Gran Guerra. Al día siguiente, día de Navidad, se extendió entre todos los soldados de uno y otro bando, en el frente de Ypres, un deseo unánime de que aquella carnicería sin sentido se acabara pronto. Nadie sabe por qué ocurrió aquello -el año anterior había habido una tregua mucho más duradera y aquel año los oficiales habían amenazado con ejecutar a todo soldado que confraternizase con el enemigo-, pero una unidad de los Royal Welch Fusiliers, a pesar de las amenazas de sus superiores, se puso a intercambiar regalos con los soldados alemanes y luego jugó un partido de fútbol entre los cráteres de las bombas. Al mismo tiempo, otros compañeros aprovechaban la tregua para enterrar a los muertos que yacían en tierra de nadie. El hecho se silenció, pero los diarios de los soldados y oficiales que vivieron aquella tregua de Navidad no dejan lugar a dudas.

¿Por qué ocurrió aquello? No lo sabemos, pero estoy seguro de aquel día de Navidad de 1915 había en la trinchera inglesa un arrugado ejemplar de «The Times», recién llegado en un vehículo de aprovisionamiento urgente, que traía un poema en la primera página, un poema que hablaba del deseo de ver a unos bueyes arrodillándose en un establo. Feliz Navidad.

Eduardo Jordá es escritorEduardo Jordá es escritor
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